Malayerba: Dos botellas

Malayerba: Dos botellas

Luis tenía un amigo que era policía. Ese policía llegó llorando. Y no era para menos.  Había regalado una botella de chivas y él ni siquiera sabía que existían en esa modalidad: un güisqui de cincuenta años, a un precio de 124 mil pesos.

La botella se la dieron a él. Fue una forma de agradecerle los servicios de seguridad cuando lo comisionaron a la casa de aquel político poderoso que trabajaba en el gobierno del estado, en las cumbres de la ciudad.

En esa fiesta, al final, cuando apenas quedaban dos de los invitados, se le acercó el funcionario, le dio la mano y le dijo gracias. Agarró una botella de chivas de cincuenta años, de las que tenía una caja llena. Te la regalo, échatela a mi salud.

Para él fue una botella más. Un ron, un brandy, güisqui o tequila. Da igual. Es vino. Líquido fogoso para las fiestas. Botellas blancas, azules, cafés, transparentes, para destaparlas en navidad o año nuevo, de las que se debe beber, preparar bebidas sólo en esos eventos.

Le dio igual, pero agradeció a su vez el gesto. Tomó la botella. Vio la marca y le pareció conocida. Chivas Regal. Un chivas. Sabía que existían los bucanas, el Don Pedro, Viejo Vergel, Bacardí y Jimador. Y le llamó la atención el número cincuenta en la etiqueta.

Se lo contó a un vecino y se la regaló. Le dijo indiferente quédate con ella. Y ahí mismo, frente a él, la destapó y le dio un buen bajón al nivel del líquido.

En la vinatería vio botellas parecidas y preguntó por el precio del chivas de cincuenta años. Ahorita no tenemos, le contestó el del mostrador. Pero cuestan 124 mil 500 pesos.

Salió de ahí corriendo. Buscó a Luis y se lo platicó. Para entonces ya rodaban gotas de agua salada por sus mejillas. N’ombre cabrón, acabas de regalar 124 mil pesos. Acabas de regalar un carro, una casa, tus ahorros de toda la vida.

Luis trabajaba en un antro. Los dueños encabezaban negocios exitosos. Resumidero de dinero mal habido, caño de los dólares que viajaban por las tuberías del drenaje del narco y sus empresas boyantes.

El antro era el lugar de moda, la confluencia de burguesitos nacidos en el botepronto de los billetes rápidos y fáciles, narcos y juniors, émulos de buchones y arlequines de la pasarela de prendas caras, escandalosas y ridículas.

Luis y su amigo Sergio en la barra. Luis le platicó lo de la botella de chivas de cincuenta años. En la cava del lugar había dos de esas. Dijeron hay que agarrarlas para nosotros, venderlas, sacar una lana.

Idearon un plan. Los fines de semana hay mucha gente, mucho movimiento. Será el sábado que viene, aprovechando el desmadre, los descuidos, los apuros para mantener la seguridad del personal que custodiaba.

Lograron el objetivo. Quisieron venderlas pero no encontraban clientes. Pasaron tres días y nada. Hasta que en el antro buscaron las botellas y no las encontraron. Era muy fácil encontrar culpables: los dos aquellos habían dejado de ir a trabajar desde el hurto.

Luis y su compañero recibieron el pitazo de otro empleado. Los andan buscando, pélense. Huyeron de la ciudad, del estado. Nadie sabe. Nadie dice a dónde.

El patrón dijo que los iba a matar. El padre de Luis fue a buscarlo. Le ofreció pagarle: poco a poco, a como vaya pudiendo. Nada, no quiero nada. Los quiero a ellos. Y a mis botellas.

Tráiganmelos. Encuentren a esos cabrones y tráiganmelos para acá. Quiero verlos. Tengo sed.

Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en la edición 1191 del semanario Ríodoce.

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