Van a ver. Decía el muchacho, mientras se alejaba del campo de beisbol. Iba con otros, padres, hermanos, hijos, esposas. Muchos de ellos de su camada: jóvenes iracundos, espumosos, con el andar de quien reta y amenaza y la tierra que va pisando es botín de guerra.
Había sido una paliza. Los de esa comunidad contra los del pueblo vecino. Diez carreras de diferencia. Pero eran juegos de beisbol en los que se desbordaban ánimos y no había retén que mantuviera en su lugar las pasiones. Familias cuyos hijos y esposas y madres se reunían ahí, de cuando en cuando.
En el campo de juego había más que un campeonato. Las rivalidades se manifestaban en una suerte de desencuentro espinoso y puntiagudo, y el rombo y los jardines del rudimentario estadio eran un ring de box, un cuadrilátero para la lucha libre, un escenario para la guerra.
En las tribunas la raya estaba marcada. Cada espacio era peleado por uno y por otro. Las mentadas venían de quién menos esperaban. La madrina del que estaba bateando le echaba de la madre a la mamá del pícher del equipo contrario. Las más recatadas hacían señas obscenas y los responsables de mantener el orden y poner el ejemplo se amenazaban esmeradamente.
Desde el principio del juego fue evidente la supremacía. Pero los del equipo contrario no podían dejarse vencer. Estaba de por medio el orgullo. No querían ser portadores de nuevo de esa rabia que los oxidaba por dentro: la rabia espumosa del perdedor, la de los temblorines en el pecho y las piernas, la de la impotencia ante la carrilla.
Vamos muchachos. A partirles su madre a estos cabrones. Vamos, vamos. Todavía se puede. Dale, dale duro. De todos modos nos la pelan. Se escuchaban las expresiones menos indecentes. Aplausos, gritos en coro. Burro, era lo menos que se decían. Y en la oscura impunidad del anonimato, el ampayer era hijo de puta y un ciego pendejo.
Pero no pudieron remontar. Una ola de jits y jonrones terminaron con las ilusiones. Pequeños errores que luego pesaron como plomo en el marcador. De nuevo la corona del campeonato se había quedado en ese equipo de lurios y creídos. Y lo peor es que había sido un palizón.
Al aut veintisiete las tribunas se vaciaron. Todos corrieron hacia el campo, a felicitar a los campeones y a pelear y reclamar. Empujones. Los chinga tu madre de cerca y los amenazantes bats empuñados y descansando en hombros. La gresca prendió y se extendió.
Mujeres contra mujeres, desgreñándose. Jugadores correteándose, blandiendo el bat. Se alzaron los puños y los bolsos y las sombrillas. Una licuadora estaba a su máxima velocidad en el centro del campo y se alzó el polvo y se oyeron gritos. Cálmense, cálmense, gritó alguien y aquello se empezó a dispersar.
Uno de los más peleoneros se retiró y mientras avanzaba dijo, Van a ver, somos gente del Sapo. El Sapo era un narco. El más pesado de ahí. Todos callaron. En la noche fueron por ese que gritó. Los pistoleros le pusieron una madriza. Le dijeron, No andes diciendo que eres gente nuestra. Y menos en un campo de beisbol.
Artículo publicado el 16 de noviembre de 2025 en la edición 1190 del semanario Ríodoce.






