Soñó con verse en los periódicos. Y lo logró. Era corresponsal nacional. Casi nadie, repetía el solo, frente al espejo que le sostenía la mirada. La ciudad de Tijuana ardía y no por el calor: putas, balas, droga.
Cuando los Arellano supieron que él ocuparía la plaza como reportero de ese gran periódico lo buscaron. Ring ring. Usted es el Gari. Para servirle, dígame. Nos vemos a las ocho en El Tífanis. Ahí estaré.
Diez minutos antes era buena idea para escoger lugar. Se fue a ese rincón que pardeaba en el restaurante. No supo quiénes eran. No respondieron cuándo les preguntó. Le dijeron que ahí estarían, que le convenía.
Intrigado, se sentó de frente hacia la puerta. Vio a la pareja aquella que ingresó al local y se fueron derechito a una mesa. Otro tipo alto, viejo, de lentes, hizo lo propio. Luego un grupo de empresarios orientales que cuchicheaban. Luego ella.
Alta, pelo largo. Tacones altos. Moviendo el mapamundi de su cintura y desbordando el océano atlántico. Ojos grandes como faroles, vivos y pispiretos. Lo vio desde que entró y se fue derechito, sin despegar la mirada.
Se sentó frente a él, en su mesa. Antes de que él se pusiera de pie para recibirla ya la tenía en una de las cuatro sillas. Le dijo su nombre. Extendió suavemente la mano. Apretó la de su interlocutor como quien quiere hacerse sentir, pero apenas.
Vengo de parte de los Arellano. Le mandan saludos. Y también le mandan esto. Sacó un maletín negro, pequeño, de su bolso. Eran tres, cuatro fajos de billetes. Miles, no supo cuánto.
Saben dónde vive. Sus rutas, amigos, amantes y bares. No quieren broncas. Pero tampoco quieren que usted las provoque. Así que esto lo tendrá cada mes, sin falta. Y esto también: y empezó a desabrocharse los botones de la blusa.
Llegó al tercero y se detuvo. Mostró esa piel rosa. Pechos firmes. No había intermediarios entre esa blusa negra y esas montañas cuatas, tersas y sublimes.
Le dijo que sería suya por un mes, todos los días. Y que luego serían otras y otras y otras. Era parte de la cuota mensual: fajos y mujeres. Él pidió también polvo.
Eran los privilegios que esperaba. No necesitó pedirlos. Solos llegaron. Y él lo sabía: había sido cuestión de tiempo. Mes tras mes tenía su “despensa”: mujer, billetes y coca.
Le quitó filo a sus notas. Evadió dar nombres y buscó al máximo sacar a los miembros del cartel de sus textos. Varias veces se topó con personajes allegados a los jefes y los omitió. Otras nomás no siguió al ver la pared que le imponían los favores mensualmente recibidos.
Pero también se extravió en esas arenas movedizas. Sucumbió a los sibaritas. Le dio duro a todo lo que se tomaba. También aspiró el polvo como una coblens. Y se gastó todo como quien vivirá solo ese día.
Y ahí se le fue. Sus notas aparecían menos en el periódico. Su nombre estaba reducido: al final, en la parte inferior de la página, fundido y perdido entre nombres de otros corresponsales.
Una vez ya no salió más. No llegaron los billetes. Tampoco la mujer. Él no publicó más. Sus servicios ya no fueron requeridos. Quería salir en los periódicos y lo había conseguido y durante mucho tiempo.
Sobredosis, decía la nota. Otros sospecharon. Nadie dijo nada. Su nombre estaba ahí. En una esquela.
Artículo publicado el 26 de octubre de 2025 en la edición 1187 del semanario Ríodoce.






