Malayerba: Pediquiur

Malayerba: Pediquiur

Raúl tenía toda la finta de homosexual y además se dedicaba a hacer maniquiur, pediquiur, pintar, peinar y cortar el pelo. A él no le importaban sus maneras: su muñeca flexionada, el movimiento de su cabeza al andar, como si tuviera un resorte en lugar de cuello o su fina voz y sus constantes ay.

Bajo ese estigma se acercó a las mujeres. Las vio desnudas y llegó a tocarlas con algún pretexto. Ellas pensaron, Es inofensivo. Supo de sus secretos, los acostones con unos y otros. Conoció de cerca a las lesbianas y hasta le excitó saber de sus viajes por los poros húmedos y ajenos.

Pero cuando la conoció a ella se le quitó lo amanerado. Güera, alta, de formas ondulantes y ventosas. Pararse debajo de ella era como gozar de la sombra y la frescura de un árbol frondoso y canturriento. Se acercó bajo la careta de sus trabajos manuales y la pintó y la peinó.

Viajó un poco más allá de su cabeza. Ganó centímetros debajo del occipucio, arriba del tobillo. Expropió el talón y sobó sus dedos y en los pliegues ocultos por sus tibias y delicadas protuberancias, masajeó el cuero cabelludo y viajó poco, poquito, apenas tantito, más allá.

La mujer aceleró el paso en su pecho. Se agitó su respiración. Lo notó él, pero decidió irse pasito a pasito. Lo notó ella y no quiso generarse nada. Tenía la certeza de que aquel que paseaba por su piel no pasaba de ahí. Y supo lo contrario cuando cayó.

Su marido estaba en la cárcel. Lo habían agarrado con un cargamento de cocaína. Además, muchos lo sabían, acumulaba muescas en el dedo flamígero que jalaba el gatillo. Ella se hinchaba de placer durante esas jornadas de calor y vaivén corporal. Pero le advirtió y lo hizo muy a tiempo.

Mi marido está preso, es narco, es malo. Y luego le arreglaba, pero no te preocupes, no se va a enterar, no te va a pasar nada. Y él contestaba enhiesto, Qué me van a hacer. Se sentía seguro y en eso de las habladas era un echón y se pasaba de la raya.

Por eso se enteraron otros y el caso llegó al encarcelado. Y le llegó el mensaje al estilista, Si sigues con ella te voy a matar. Repitió su cómodo, Qué me van a hacer. Y se mantuvo en las suyas. Los cuerpos arreciaron, igual los sudores y torrentes y galopes y afluencias y bravíos jadeos.

Aquel tenía con qué. Conservaba poder y lo ejerció. Mandó por él y a ella la exilió. Lo sacaron de la estética y se lo llevaron a un cerro ubicado en el sector sur de la ciudad, donde los gritos se perdían entre el ramerío y el eco no tenía dueño.

Le cortaron el pecho y el abdomen. Su cara quedó bajó un bilé de muchos colores y el pelo quedó atrapado entre varios tintes, desde el rosa mexicano hasta el anaranjado escandaloso. Le rasparon los dedos con alguna herramienta dentada. Sacaron sus uñas y en su lugar quedó un esmalte rojo que copuló con la sangre.

Gritaba que no. Que ya la iba a dejar. Que no sabía. Pero sus captores y victimarios solo lo miraban como un insecto al que había que diseccionar. Sordos. Torpes carniceros. Para finalizar usaron sus testículos para adornar boca y pecho. Rieron, vieron su obra trágica y se fueron.

Artículo publicado el 19 de octubre de 2025 en la edición 1186 del semanario Ríodoce.

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