Vio al hombre merodeando, pero no le dio importancia. Hora de cerrar el negocio, luego de un largo día de trabajo en el que lo menos que había habido era eso, trabajo: pocos clientes, mitad de quincena y escasas ventas.
Tomó las llaves y empezó a guardar la mercancía. Teléfonos celulares de los aparadores, otros que tenía en algunos de los estantes lejos de la vista, y papeles y un poco de dinero que había en la caja. Revisó las instalaciones eléctricas, apagó la computadora y desconectó las tripas del conector de tres ojos de la pared.
Dio gracias a Dios por las bajas ventas, como lo hacía cuando eran buenas. Y porque seguía viva y ya se disponía a cerrar el changarro para irse a su casa, a reencontrarse con su esposo e hijos, y descansar. Era muy religiosa: no de sábados o domingos, ni de golpes de pecho, sino con vehemencia y tatuajes en el alma, como monja disfrazada de empresaria y con ropa de mujer.
Apagó luces. Tomó su bolso y echó en él las escasas monedas y los huérfanos billetes, entre ellos uno de quinientos. Se asomó y agarró el candado, junto con las llaves. Cerró la puerta de cristal y bajó la cortina de acero, que quedó a medio camino cuando se le acercó el hombre aquel.
Estaba mal vestido. La ropa con mapas de senectud. Dibujos del tiempo en ese pantalón claro, pero no tan sucio. El desconocido sacó una pistola pequeña, que bien podía ser una veintidós o una veinticinco. El arma apenas asomaba entre los dedos gruesos y largos de aquel tipo.
Este es un asalto, le dijo. Dame todo el dinero. Quiso sonar seguro. La tomó del brazo y se lo apretó. La miró fijamente y no dejó de apuntarle con la diminuta pistola. Ella observó sus ojos y esas prendas. No olía a sucio ni a nada. El hombre parecía triste, pero también decidido. Los ojos se le insubordinaban y ella pensó que estaba drogado.
Le dijo que sí. Quiso ganar tiempo. Dejó lentamente su bolso en el suelo. A un lado aventó con delicadeza el candado y las llaves. Vio la calle muda y sorda, como si un cementerio de chapopote se hubiera instalado a esa hora, las ocho, en esa calle cuando campea la luz del día.
Alzó los brazos. Lo miró de nuevo. Esta vez vio que aquel de la pistolita no era un hombre malo. Lo supo por esos ojos. Sostuvo así, los brazos, en forma de u. Levantó la cabeza y miró hacia el cielo. Y empezó a rezar. Fuerte, a gritos. Y enseguida brotó un llanto sincero, de esos catárticos, de homilías y oraciones entre cánticos y aplausos en los templos.
Mantuvo cierto ritmo en sus oraciones. Habló de Dios y lo hizo con una velocidad que permitió descubrir a duras penas algunas palabras como piedad y perdón, y el cielo y la bendita generosidad, y el corazón, la misericordia. Llorando y gritando. Aquella cadencia se convirtió en canto.
El hombre sostuvo el arma frente a ella, apuntándole. Miró para todos lados y nadie los veía. Le dijo de nuevo que era un asalto pero ni él alcanzó a escucharse. Aquella mujer mantenía su rítmico rezo. Él bajó el arma, empezó a llorar y pidió perdón.
Ella bajó los brazos, se limpió lágrimas y mocos, y lo besó. En la frente. Gracias hermano, ve con Dios.
Artículo publicado el 12 de octubre de 2025 en la edición 1185 del semanario Ríodoce.






