Malayerba: Con todo y raite

Malayerba: Con todo y raite

Sintió un gran alivio cuando vio cómo los policías saltaban de la patrulla: armas en mano, cartucho cortado, saltos de lince. Los uniformados corrieron hacia el tipo que se había instalado a un costado del conductor. Lo apuntaron con firmeza sosteniendo sus armas. Le gritaron ¡Policía Judicial!

Lea: Malayerba: Ella y él

Lo demás fue cuestión de segundos. Era ver una película gringa de acción en la que los agentes eran los héroes. Quiso besarlos, darles las gracias, ponerles un monumento frente al malecón. Pero no. Despertó de ese sueño cuando uno de los agentes, el comandante, le habló fuerte para que se acercara hasta él.

Entre todos tenían al sujeto detenido. Le habían quitado la colt nueve milímetros. Lo obligaron a bajar con las manos arriba y lo sometieron con rapidez. Pero la bofetada llegó cuando sorpresivamente le quitaban las esposas al detenido. Luego le regresaron su pistola y ya la tenía arriba de la hebilla, instalada.

Con esa voz potente el comandante le gritó: ¡eh, tú, cabrón! ¡Ven pacá! Y lo puso frente al detenido.
¿Quién te quería asaltar? ¿Quién te apuntaba güey? ¿Qué decías ahorita, cabroncito? No pues… usté compa, si hasta nos quería secuestrar. ¿Secuestrar? ¡Ahorita verás, hijo de la chingada, lo que es secuestrar!

Judiciales y pistolero se dieron la mano, como viejos amigos. Algo se secretearon. Luego obligó a sus prisioneros a volver a la camioneta y guardar silencio. En nada se parecían esos momentos al jotdog que saboreaban él y sus amigos en esa carreta, en pleno malecón mazatleco. Todo empezó cuando llegó el tipo con esa pistola y los encañonó sin más.

Ahora estaban igual que antes. O peor. El sueño de sentirse seguros y protegidos por los agentes aquellos a quienes pidieron auxilio se desvaneció en la oscuridad de la noche y el mar inconmensurable.

La realidad es que iban por aquel bulevar ancho. En ese fin de semana que había planeado para divertirse. Por esa ruta desconocida. En medio de desconocidos. Apuntados con la pistola de un desconocido.

Se metieron a un monte. Cerca, viviendas de lámina. Lejos la ciudad y sus luces. El mar, más allá, irreconocible e indiferente. Ahí, en medio del monte, los alcanzó la patrulla, después de haberlos escoltado discretamente. De nuevo el saludo y muestras mutuas de afecto: palmadas en la espalda, sobadas de panza, apretones de mano, miradas que gritan y festejan pero no dicen nada. El botín frente a ellos.

Anillos de graduación y carteras con billetes de doscientos. Pantalones guess y tenis de dos mil quinientos para el básquet. Morralla de las bolsas delanteras. Lentes raibán para protegerse de ese sol de agosto. Cachuchas y la pulsera de oro de Óscar.

Ya sin policías y con ese cañón oscuro que se les quedaba viendo, regresaron a la civilización. Un viento frío y olores marinos los recibieron mientras se acercaban a los puestos comerciales de ese gran bulevar.

es fue diciendo por dónde ir, dónde dar vuelta. Atajos y baches. Semáforos inservibles a las doce con treinta. Aquí es, dijo, como hablando solo. Y los dejó ahí, en ese estacionamiento pequeño para compras rápidas. Y les dijo dónde vivía: allá arriba, en ese departamento de la ventana aquella. Y se despidió.
Y él sintió el mismo alivió que cuando vio a la policía.

Artículo publicado el 02 de junio de 2024 en la edición 1114 del semanario Ríodoce.

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