Malayerba: Ella y él

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De repente todo aquello le causó repulsión. Sus dos hijos y ella se sintieron aislados, lejos del esposo. Y él miraba más los paquetes de billetes y las cazuelas e insumos para elaborar drogas sintéticas. Y a ellos, su familia, les estaban saliendo telarañas: el olvido.

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Ella es alta. Alta y morena. Fuego en esa mirada ávida. En el banco era asediada. Un bato grandote, al que le decían el Malacara, la perseguía. El tipo no era feo. Traía crecida la billetera. Y lo presumía. Por eso no le gustaba. Es un fantoche, un bocón.

Detrás de la ventanilla, el uniforme la embellecía. Ahí lo conoció. Le cayó bien por sencillo, porque le pareció cariñoso. La invitó a salir y aceptó. Al rato ya le estaba proponiendo que se casaran. Y momentos después ya estaba preñada.

Vámonos, le dijo. Tengo chamba. Y se fueron a otra ciudad, cerca de la frontera. Allá voy a trabajar, nos va a ir bien, habrá mucho dinero, más, mucho más.

Y ya instalada tardó poco en llegar la rutina y esa monotonía gangosa que lo copaba todo. Tres casas, una familia. Tres casas. Cada una con sistemas de seguridad, alarmas, circuito cerrado.

Ella dijo, Pues le está yendo bien. Y después sospechó: de dónde todo esto, de qué sale, por qué tanto. Y entonces dejó de dormir: vigiló los cámaras de video, la de la puerta principal, la de la calle, el barandal, la banqueta, el patio, la cochera, la sala, el sótano.

En lugar de telenovelas, series televisivas, películas, se la pasó merodeando las pantallas. De un lado a otro, con el control remoto en la mano, obsesiva, clavada, enferma, desvelada, insomne.

Y ella y los morros en chinga por el mandado, buscando médicos a la hora de padecimientos, visitando restaurantes y centros de juegos.

Y él en chinga. Buscando clientes, cobrando, alimentando cuentas bancarias y maletines. Llevando y trayendo acetona, recipientes gigantes, armando y desarmando laboratorios, expendiendo olores, polvos, sustancias, piedras. Cristal.

Ella le dijo que dejara eso. Él no le contestó. Y siguió de frente, sin voltear a verla, verlos. Pasó de largo, inundó con sus pasos los pasillos, las recámaras, salas y comedor, cochera y patio. Pero no eran los pasos de una familia. Era él, él, él. Sin mirar a los lados.

Mira, insistió, estoy harta. Me tienes hasta la madre. Y le recordó lo que eran, lo que era él cuando se conocieron, se enamoraron y casaron. Le dijo, Aquí están los niños: no los ves, no les hablas, no los oyes.
Siguió igual. La misma rutina. Las telarañas invasivas. El polvo en los muebles, en las miradas. La tristeza en los ojos de ella. En las manos de los niños. Las arrugas en la piel. La piel olvidada: sin visitas, sin tibieza ni humedades.

Me tienes harta, repitió. Ya no te amo. Si quieres me quedo, te ayudo, te doy comida. Pero de lo demás ya no. Ya nada. No hay nada. Todo esto me repugna.

Aquella tarde lo siguieron. La policía y el ejército. Entró pronto y cerró la cochera. Le dijo a ella sal tú, entretenlos. Quería tener tiempo de deshacer todo. Salió y les dijo que no podían entrar, que su madre estaba enferma y podía agravarse.

Un agente le contestó, Pues que se muera. Y ella le dijo: sí, que se muera, pero la tuya. Y se fueron.

Al otro día se levantó. Sin dinero ni ropa. Con niños y hartazgo, huyó. Se fue a casa de unos parientes. Llegó casi de raite a Culiacán, con su mamá. Durmió una semana. Y cuando despertó supo que a él lo habían detenido.

Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.

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