Cine: ‘Correr para vivir’

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El sueño de Omero (Vladimir Rivera) es ser un gran corredor, como su ídolo, el legendario atleta rarámuri Arnulfo Quimare, pero no le queda mucho tiempo disponible, porque debe trabajar con su padre Aureliano (Eligio Meléndez) en acondicionar la tierra para la siembra y poder sobrevivir en la Sierra Tarahumara, en Chihuahua.

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Un día, el joven se encuentra en el pueblo al entrenador estadounidense Norman Nelson (Martijn Kuiper), le pide que lo prepare para participar en maratones, y acepta no tan convencido. No obstante, Omero hace a un lado su mayor deseo, cuando es obligado a ayudar a su hermano Capó (Manuel Cruz Vivas) a saldarle una cuenta a los delincuentes que lo emplean como “mula”.

La primera idea que surge con Correr para vivir (México/2024), dirigida por Gerardo Dorantes, es la de una película distinta a lo que generalmente ofrece el siempre satanizado y pocas veces valorado cine mexicano y, efectivamente, uno de sus temas centrales es casi nulo en las historias que se abordan en las pantallas grandes del país, así como el contexto en el que se ubica. Sin embargo, sin ser necesariamente algo negativo o falta de creatividad, cae en lugares comunes que bueno sería que algún día dejen de aparecer como denuncia y solo estén ahí como documento histórico.

La principal virtud de la cinta escrita por Fabián Archondo y el propio Dorantes es hablar de una comunidad indígena enclavada en una zona de México de la que se resalta, principalmente, su capacidad para correr largas distancias y con huaraches de baqueta, no con tenis “cómodos” y “especiales”, porque en la realidad los tarahumaras, que se llaman a sí mismos rarámuris que significa “pies ligeros”, son reconocidos mundialmente por eso –apenas hace poco menos de dos meses seis corredoras de este lugar ganaron el tercer lugar en el The Speed Project, carrera de relevos de 550 kilómetros.

Correr para vivir no es la primera cinta en filmarse en esta parte de Chihuahua ni para hablar sus pobladores. Como ejemplo están Tarahumara (1965), En el País de los Pies Ligeros (1982) y el documental Lorena, la de pies ligeros (2019), por lo que el thriller que acaba de pasar por las salas de cine acierta en mostrar un área geográfica poco retratada, con, dicho sea de paso, un rocoso, plagado de pinos, hermoso y extraordinario paisaje.

Si bien lo anterior son razones más que suficientes para no perderse la excelente fotografía de Emiliano Villanueva ni las extraordinarias interpretaciones de Vladimir Rivera, Manuel Cruz Vivas y Eligio Meléndez, habría que mencionar el tiempo invertido al asunto del crimen organizado.

Es cierto que se dice que esa es otra realidad que se vive allá en lo alto, pero hubiera sido mejor mostrar más de la cultura tarahumara, que la trama estuviera más recargada a la forma de vida particular de los rarámuris (aunado a su capacidad para correr y lo bello de su entorno), y no tanto a su desafortunada problemática, o quizás hacer un balance entre los dos aspectos.

Aun con sus altas y bajas, la película con la que Dorantes inicia en la realización de largometrajes es una bocanada de aire fresco en la cinematografía nacional que insiste en repetir temáticas y géneros, y mostrar “la misma ciudad y con la misma gente”. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.

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