Malayerba: Tres párrafos

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—Para el Alonso, el Valencia, y toda la clica de la U de G.

Su jefe lo mandó ahí al enterarse de la tracatera: un comando de una veintena de sicarios emboscó en un pequeño pueblo a un convoy de militares, a quienes atacó a balazos y granadazos, matando a tres.

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La comunidad estaba a unas dos horas de la ciudad, camino a la playa. Él le dijo a su jefe que sí iba, pero que estaba muy cabrón andar por ahí de reportero. Ambos convinieron en que debía disfrazarse: turista.
Tomó una mochila y echó libreta, grabadora y cámara fotográfica. Su jefe le pidió que hiciera un historión. Que contara el ambiente, cómo se había originado la balacera, de qué bando eran los agresores, y que consiguiera versiones de testigos y de militares y policías.

Llegó en un autobús de pasajeros y al pisar el empedrado de la calle sintió el frío de la piedra bola bajo sus huaraches: la calle un páramo, cero patrullas, y un olor a polvo y a sangre seca, y un ruido como de moscas revoloteando, como de zopilotes husmeando.

Caminó según él desenfadado. Fingiéndose sorprendido por las veredas, las casas viejas de ladrillo parado y techo de dos caídas, y un quiosco que lucía una capa de polvo visible a lo lejos.

Ningún alma. Solo se respiraba un humo denso. Una tensión. Las penas. El llorar de los árboles al paso de un viento antipático y caliente, que cortaba la piel a su paso.

Tragó saliva. Dónde empiezo. Chingada madre, esto está muy solo, dijo sin abrir la boca. En eso vio un abarrote y sintió su salvación. Llegó y pidió una Fanta de naranja y un pan de dulce. Preguntó por la playa, comentó que el pueblo estaba bonito y él y la señora detrás del mostrador se cayeron bien.

La doña era de un pueblo pegado al suyo, donde ambos habían crecido. Empezaron a preguntar por algunos conocidos y sintieron poblar sus recuerdos y comentaron sobre personajes mutuos, sobrevivientes de la nostalgia.

Oiga, y dígame, cómo estuvo lo de la balacera. La señora le dio detalles: llegaron por allá y los estaban esperando de este lado, y en eso empezaron a disparar, se oyó muy feo, pero más feo se puso con la explosión.

Anotó como pudo. Sacó la cámara y tomó algunas gráficas de sangre, orificios, sin subir el aparato hasta sus ojos: desde la panza o la pelvis. Clic clic clic. Afuera se estacionó una camioneta negra de la que bajaron cuatro hombres. El que la hacía de jefe empezó a interrogarlo.

No pues, soy turista, ando conociendo por acá. El hombre lo miró con desconfianza. Los otros tres lo rodeaban, escrutándolo. Pues aquí no tiene nada qué hacer y quisieron revisar la mochila cuando la doña los espetó. Déjenlo en paz, es mi primo.

Aquellos miraron a la señora. Reto de pupilas enhiestas. Ta’ bueno. Pero si va pa’ la playa, píquele. Allá ta’ muy bonito y aquí no hay nada qué hacer.

Sí, sí, claro. En un ratito más me voy. No, ahorita. Bueno, es que… Es que nada, si quiere lo llevamos. No, mejor tomo un camión.

Llegó a la playa y cuando descendió vio la camioneta negra atrás del autobús. Buscó un cíber para enviar material. Escribió quince párrafos, entre la emoción y el culo apretado.

Al otro día se encabronó: el periódico había publicado tres párrafos, ninguna foto y nada de lo que él escribió.

Artículo publicado el 26 de febrero de 2023 en la edición 1048 del semanario Ríodoce.

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