Malayerba: Canje frustrado

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Lo cazaron en la entrada. Agazapados, aprovechando las sombras de los árboles bajo la luz de los arbotantes. Y supieron cómo llegarle: su hijo, el mayor, en solitario, tomaría el volante a la entrada de la cochera. Presa fácil.

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Su hijo no entró a la vivienda. Las puertas de la cochera estaban abiertas y el candado en el suelo. A su papá le entró una comezón angustiante en el estómago pero no quiso darle vuelo.

Se fue con sus amigos, los de la vuelta. Y luego con los de la Almada.

Desde lejos se dio cuenta de las malas noticias. No estaba la camioneta en casa de sus cuates. Ahí decidió jugársela y apostarle a su fuero como director de la cárcel municipal. Tomó el radio y reportó los hechos. Estaba en proceso un secuestro.

Los retenes instalados en las salidas de la ciudad fueron alertados. Las patrullas respondieron el llamado. Una camioneta tal, dos o tres sujetos, incluido el hijo del director del penal.

Era la ventaja, de las pocas, de esos operativos que hacían de la ciudad un anillo de seguridad: por la salida a Sanalona, al sur por la carretera a Mazatlán, antes de llegar a El Diez, al norte donde están los moteles, en Tepuche y pasando el aeropuerto, rumbo a Navolato.

Era un sello circundante. Y para pasarlo los maleantes tendrían que hacerle una circuncisión a la ciudad.

Aún así los jefes no se conformaron. Pusieron otro anillo, con trampas, más allá de los linderos citadinos: en el entronque de la internacional con la que lleva a Badiraguato, y al sur en El Salado.

Al comandante de Pericos se le ocurrió: yo me espero aquí, visible, en el entronque, y tú vete del otro lado, a la orilla del canal, pero con las luces apagadas.

A lo lejos se asomaban los fanales. La oscuridad impidió ubicar qué tipo de camioneta o automóvil era. Pero luego no dudó. Cuando tuvieron cerca la patrulla era demasiado tarde. Los pararon.

Y el muchacho que traían secuestrado. Cuál muchacho. Nosotros venimos de una fiesta en Culiacán y vamos pal rancho. La camioneta es prestada. Pero tanta insistencia y tanta presión los dobló.

Accedieron a llevar a los agentes a un pueblo cercano. Qué pasó, dónde está. Los plagiarios insistían en que lo habían dejado ahí, atado. Que se les había pelado. Y de ahí se fueron a buscarlo a otro lugar.

El muchacho estaba en un panteón, en el interior de una noria seca. El otro malandrín que los esperaba no contó con que iban a regresar tan pronto sus cómplices. Y menos que lo harían con esa compañía: un convoy de patrullas de la policía.

Quiso correr por el camino de la orilla de la parcela de maíz pero quedaría muy visible. Optó por llevarse al joven rehén, adentrándose en la nutrida milpa. Es mi boleto seguro, pensó. Y extraviado en la densidad del plantío lo soltó.

Los agentes encontraron a la víctima pero no a su captor. Le había funcionado ese movimiento, pues logró distraer a los agentes mientras él apuraba la huida.

Ya en los separos de la policía, resignados a los años de prisión, llegó la confesión: utilizarían al hijo del director de la cárcel para obligarlo a que dejara libres a nueve presos. Homicidas, secuestradores y narcos iban en el paquete.

Pero a quién querían ustedes cabrones. No dijeron. El objetivo era canjear nueve presos por un rehén. Pero entre los nueve, iba el bueno, el amigo de ellos. El resto eran coartada, mera distracción.

Artículo publicado el 13 de noviembre de 2022 en la edición 1033 del semanario Ríodoce.

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