Malayerba: Cachucha y mochila

cachucha y mochila

Para Norma Borrego, fuego y luz.

Con un paso de témpano lo siguió. Estaba sólo a dos pasos atrás. Levantó el brazo derecho y dejó ver la escuadra oscura nuevemilímetros. Pum. La víctima cayó de sopetón sobre la banqueta.

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Dio la media vuelta como quien camina después de ir al cine. Pero de reojo descubrió las piernas de quien creía muerto. Temblaban sobre el concreto. Se regresó. Apuntó con su arma a quemarropa. Tres, cuatro disparos.

Alcanzó el asfalto con sus tenis para jugar básquet. Él pistolero no vio nada ni a nadie. Los carros hacían cola frente al semáforo. Los peatones corriendo, creyendo que de esa manera no los alcanzaría el plomo. El vendedor de periódicos en los escalones.

Los gritos irritantes de aquella señora joven que abrazaba a su hijo y que estaba a tres metros detrás del homicida cuando éste jaló del gatillo. No paraba de llorar. El bebé se había contagiado.

El señor que esperaba el camión sentado en la banca, también a corta distancia, se agachó y escondió la cabeza bajo sus brazos. Así se quedó esos segundos que nunca terminaron. Luego fueron minutos, varios.

Él no vio todo eso. Alguien lo esperaba del otro lado de la calle, tal vez un taxi. Quién sabe. Él siguió caminando como quien anda desinteresada y ligeramente por los pasillos de un centro comercial.

El del sentra negro lo vio acercarse. Traía a sus hijos en el asiento trasero. Todos habían escuchado los disparos. Vieron el cuerpo tirado, desangrándose. El fuego saliendo de ese hocico redondo y oscuro de la pistola.

Papá lo mató. Papá, papá. Lo mató. ¿Viste? Pero el papá, al volante y detrás de esos lentes bifocales fotogrei, estaba ausente, en estado de choc. Se le perdió de vista el semáforo que ya estaba en verde y la cola de automóviles que habían avanzado.

Otro de sus hijos se sumó al concierto de histerias. Y el papá no reaccionaba. El motor siguió encendido. El volumen de la música continuó, igual que el aire acondicionado. El pie derecho en el freno. El otro en el cloch. La palanca de las velocidades en primera.

El victimario siguió cruzando la amplia calle. Campante. Con la nuevemilímetros empuñada y a la vista. Parecía caminar hacia ellos, los del sentra. No reviró a ningún lado ni se fijó en los carros. No parecía buscar a nadie.

Siguió su camino seguro y despejado. Los párvulos le insistían a su papá que se moviera de ahí y lo más rápido posible. Lo hicieron a gritos, con una lluvia copiosa en sus ojos desorbitados. Desesperados. Aterrorizados.

Acompañaban sus súplicas con manoteos. Golpeaban la espalda, el hombro de su papá. Lo sacudían para que reaccionara. Le abrazaban la cara con sus manitas, apretándola: papá, es el matón, ahí viene papá, ahí viene y nos va a matar.

Lo tenía a cuarta y quemón. Casi de frente, pues el homicida avanzaba dibujando una raya en diagonal sobre la calle. Fue cuando reaccionó: miró el verde y soltó el cloch, apurado, derrapando sobre el pavimento.

Dejó a los niños en la escuela pero ellos no pudieron dejar el llanto. Llegó a su casa y se fue directo al baño. Quiso llorar pero no pudo. Se desahogó primero frente al espejo y luego con sus familiares.

No podía terminar las frases. Se le amontonaban las palabras. Las sílabas estaban en plena colisión. Sólo alcanzaba a mascullar: traía cachucha y mochila, y una frialdad espantosa, no vi más.

Artículo publicado el 29 de mayo de 2022 en la edición 1009 del semanario Ríodoce.

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