Malayerba: ¿Bailamos?

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Faldita brevísima: entallada y corta. La fiesta era un fiestón. Un boda, le dijeron, cuando la invitaron. Pero de narcos. Los organizadores habían echado un trozo de futuro por la ventana.

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Vio al entrar patrullas de la ministerial. Cerca, los municipales. Qué asco, pensó. Adentro la música era en dos tiempos y dos plataformas. Un grupo norteño de renombre estaba en uno de los patios. En el otro, el principal, una banda de Guamúchil.

Hombres armados mayoriteando la fiesta. Otros hasta con guaruras. Dos, tres, cuatro de escoltas. Mucha bebida y de todo: para cerveceros y güisqueros. Ese local de La campiña estaba de gala.

Apenas entró y antes de sentarse quiso poner reversa. Hay puros narcos. Quiero irme. Le pidieron que se calmara, que no iba a pasar nada. Espérate, nos vamos a ir rápido. No muy convencida, accedió.

Se acordó de esa faldita ínfima. Sintió las miradas clavadas en sus extremidades inferiores. Las sintió en sus muslos blancos, en las rodillas y en la frontera móvil entre su piel y la tela.

Y así caminó entre la gente. Los pasillos se le hicieron angostos. Las mesas crecían a su paso. No había hombres ni mujeres a su alrededor. Solo ojos gigantes que se esmeraban en escudriñar más allá de sus prendas.

Pero llegó a su lugar. Instaló el relleno de su falda en la silla. Guardó sus piernas bajo la mesa y aprovechó el mantel para esconder lo suyo. Junto a ella sus amigos y amigas.

Apenas se había instalado y de nuevo quería irse. Y de nuevo la calmaron. Escuchó y vio a los de la mesa cercana. Eran unos cinco y peleaban por algo: vales pura chingada y chinga tu madre. Fue lo menos que se dijeron.

Hubo aspavientos. Ya se sentaban y se empujaban. Ya se levantaban listos para la bronca. Pero solo fueron conatos. Gritos y manoteos. Agresiones de lengua que corta y hacen chichón.

A los quince minutos estaban calmados. Pisteaban como si fuera la última vez. Berreaban intentando cantar. Hasta que uno de ellos se levantó. Se acomodó esa camisa de seda. Levantó su pantalón de mezclilla como si se le cayera. Caminó hacia ella con esa confianza que dan cinco botes de tecate en la panza. Derechito, ladeando la carga para ambos lados y con ritmo. Inclinado hacia ella la invitó a bailar.

Lo miró. Dijo que no y le dio las gracias. Es que acabo de cenar, quiero que se me baje. Por eso, si bailas se te baja más rápido. Insistió. Ella también. Los amigos la miraban. Los de él ya cuchicheaban.

¿Segura que no quieres bailar? Sí, muchas gracias ¿eh? Se incorporó de nuevo y con ese rostro de piedra le sostuvo la mirada. Ella hizo como que sonreía amablemente.

Pero sus acompañantes le reclamaron. ¡La regaste!, ¡Son buchones y andan armados!

Contestó que los había visto pelear. Que andaban acelerados: capaz que a la hora de andar bailando van y le disparan y me toca a mí. Y para terminar les dijo que le valía madre. Que no quería y ya.

La fiesta duró poco para ellos. Siguió sintiendo la mirada de reclamo de su interlocutor rechazado. Se pusieron de pie y de nuevo el ritual de admirar su paso por entre las mesas.

Temieron que los siguieran. Va a haber chingazos. Rezaron en silencio. Subieron al carro. A las dos cuadras oyeron disparos. Ya ves, te dije. Seguro hubo muertos.

Al otro día nada en los periódicos. Supieron que los disparos fueron parte del festejo. Y luego los reclamos. Ya ves. Por tu culpa. Y nosotras ni bailamos.

Artículo publicado el 08 de mayo de 2022 en la edición 1006 del semanario Ríodoce.

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