Malayerba: Guachito

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Todo empezó por haberle pegado a su mujer. La respuesta fue más cabrona: sus hermanos, todos ellos de la Policía Judicial, llegaron con todo y patrulla y le pusieron una madriza.

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Adolorido, con algunas cortadas todavía sangrantes y frescas, los moretones nuevos y las hinchazones, se sentó en cuclillas, como en los tiempos en que fue cholo, a fumarse un cigarro de mota.

Pinches polis. Pinches cuñados. Ya verán. Y le dio un toque al carrujo. Ahí, reflexionando, esparcido en sí mismo, saboreando los golpes y tramando, conspirando, cocinando la venganza. A media noche se levantó. Como pudo consiguió llegar al cuartel militar. Esperó a que avanzara la noche.

Se metió y a escondidas llegó de regreso a la puerta principal. Traía un fusil de los llamados FAL y se encontró con el militar que estaba custodiando entradas y salidas. No fue difícil convencerlo: le dio un guatito de yerba. Y agarró camino. Eran las cuatro de la mañana. La densidad oscura en las calles. Las sombras nutridas de árboles, edificios, postes alimentaban las aceras. Escasa luz por el deficiente alumbrado público. Un silencio insoportable. No hay carros.

Atravesó la calzada, agazapado. Y empezó a correr con el fusil confundido con su silueta. Y él, con esa postura militar al correr: como echo bola, con los hombros pegados al cuello, compacto, trotando, firme y constante.

Avanzaba varias cuadras. Luego se detenía. Se escondía entre automóviles parados. Esperó paciente el paso del escaso tráfico tras los troncos de los árboles. Cubrió el fusil con sus brazos. Lo sujetó bien. Se confundió él con la noche.

Uno-dos, uno-dos, uno-dos. Casi cantando. Tomando ritmo, concentrado en que debía seguir con el periplo ese: ahorita van a ver estos hijos de la chingada, qué se han creído. Esto no puede quedar así, ellos son policías y serán muy chingones, pero yo soy soldado y aquí traigo para responderles.

No le dolían los moretones. La cara desfigurada. Los pómulos salidos y los dos dientes menos. Le molestaba el montón en su contra. Le molestaba quedarse así, sin hacer nada. Le encabronaba quedar como miedoso y apaciguado, luego de la tunda, arredrado.

Un cigarro de mota, un fusil automático, de asalto y ligero, de casi cinco quilos, y esas ganas inmedibles de partirles la madre. Eso lo tenía en pie, trotando, deteniéndose a ratos, a las cuatro de la mañana, atravesando cinco colonias.

Llegó a la casa de los tres. Se atrincheró en la banqueta de enfrente, sobre la banqueta, tras un carro. Y esperó. Seis de la mañana. Pum pum pum. Empezó a descarapelarse la fachada. Los proyectiles perforaron cristales y el metal de la puerta.

Desde adentro se escuchaban gritos. Y él siguió echándole chingazos, jalando el gatillo. Ahora sí, hijos de la chingada. Salgan, defiéndanse.

Arribaron patrullas. Las torretas volaban. Las puertas de las camionetas quedaron destrozadas. Los polis salieron despavoridos, buscando guarecerse y responder.

Algunos agentes fueron heridos. Los de la casa ni se asomaron. Ilesos y asustados. Siguió ahí, aplastado, con el FAL bien agarrado. Un militar de rango les dijo párenle. Ordenó que cesara el fuego. Y gritó, Un soldado sólo se rinde frente a otro soldado. Y volvió a gritar, Soldado, entréguese.

El guachito emergió de su trinchera, con fusil en mano y ceremonioso lo entregó. Se lo llevaron preso pero no a la policía sino al cuartel. Avanzó entre pedazos de plástico y vidrio. Sintiendo el placentero olor de la mota, justiciero.

Artículo publicado el 30 de abril de 2022 en la edición 1005 del semanario Ríodoce.

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