diciembre 1, 2020 11:10 AM

Cienfuegos

GENERAL CIENFUEGOS. No hay intocables. Foto: Mario Jasso/Cuartoscuro.com

La captura del general Salvador Cienfuegos es el mayor boquete institucional que se le podría hacer a México. No es un narco de los más buscados o un delincuente de fama internacional, se trata de un funcionario de primer nivel en un país donde ser comandante de las fuerzas armadas equivale a un poder supremo.

No hay superlativo que alcance para las implicaciones que tiene su detención por la justicia de otro país. Solo podría ser peor que el detenido fuera alguno de los ex presidentes y por acusaciones similares.

Muchos piensan que el personaje más poderoso después del presidente en México es el Secretario de Gobernación o el de Finanzas. Ni uno ni otro, es el de la defensa. El Ejército cuenta con una superestructura vertical, similar al Vaticano, donde es difícil una insubordinación o siquiera una filtración. No en balde en este país hace apenas unas décadas solo había tres intocables: la Virgen de Guadalupe, el Presidente y el Ejército.

Un Secretario de la Defensa se mantiene intocable por seis años, todo el sexenio, es el único que tiene el puesto seguro de principio a fin. Se rige por otras leyes –literal y metafóricamente.

El Ejército es el todopoderoso en México. No hay ninguna institución en este país que se le acerque, ni siquiera la Presidencia –como institución o envestidura, no como personaje.

El Ejército está en todos lados. Pocas son las áreas públicas que no ha penetrado: construcción de obras de gobiernos, seguridad pública municipal o estatal y federal, áreas de inteligencia civil, sistemas de video-vigilancia, diputaciones, senadurías… Es más, lejos de perder poder acrecienta sus tentáculos. Si con Vicente Fox se planteó –solo como planteamiento- el nombramiento de un civil en el cargo, con Felipe Calderón el Ejército incrementó recursos y poder, con Peña Nieto no hubo diferencia, y el Presidente López Obrador le ha dado todavía más poder, presencia, y facultades metaconstitucionales, por supuesto.

Salvador Cienfuegos pasó su mandato en el Ejército con sucesos de gravedad extrema que, sin embargo, no lo tocaron de manera personal: La desaparición de los 43 jóvenes de la Normal de Ayotzinapa, donde en todo momento se cuestionó la actuación e incluso participación de elementos de la base militar; y la matanza de Tlataya también en 2014, donde al menos 15 de los 22 muertos se comprobó que fueron ejecutados por efectivos de la Sedena.

Pese a esos sucesos, y otros más, como la facilidad con que Joaquín Guzmán se movilizaba por el país, Cienfuegos no estuvo en la picota de los cuestionamientos sobre su gestión. Por eso es que más llama la atención su captura.

Margen de error
() Cienfuegos Zepeda, en el expediente de los americanos llamado “El Padrino”, no concedió ni un ápice al poder civil, al menos mediáticamente. En 2016 cuando se cumplió una década de la guerra contra el narco que desató Felipe Calderón, el general Secretario lanzó una dura crítica al poder civil: los habían obligado a salir a la calle en labores policiacas y nunca pidieron estar ahí, al frente de la guerra. Insistió en que no estaban a gusto, que no habían estudiado para perseguir delincuentes. Y sobre todo que tenían que regresar a los cuarteles a cumplir con las facultades que marca la Constitución.

Un año después aquel mensaje airado tuvo respuesta, el General Secretario logró en 2017 casi al fin del gobierno de Peña Nieto una ley que respalda la actuación del Ejército, por escrito.

Mirilla
(Cienfuegos) Los americanos hacen parte del trabajo del gobierno mexicano: en diciembre pasado capturaron al hombre fuerte de Felipe Calderón, el Secretario de Seguridad, Genaro García Luna; y la semana pasada al general Salvador Cienfuegos, pieza clave en el sexenio de Enrique Peña. (Sin mencionar el proceso para condenar a Joaquín Guzmán y las decenas de miembros de su organización que terminaron por delatarlo, los Zambada —hermano e hijo del Mayo— a la cabeza.

Con esas dos detenciones, y los robustos expedientes que respaldan las acusaciones, los fiscales estadunidenses suplen las deficiencias e imposibilidades de nuestro sistema. A lo más que habíamos llegado por nuestros medios es encarcelar a un general y a un gobernador, en ambos casos con claras sospechas de vendettas políticas más que investigaciones sobre la corrupción del crimen enquistada en el poder público.

Nunca en la larga historia de impunidad y confusión entre organizaciones delictivas y gobierno, que en México cumple medio siglo de auge, había alcanzado los niveles de esas dos capturas.

Deatrasalante
(Culiacán) A un año del jueves negro, Ríodoce reivindica la función básica del periodismo: reporteo en calle. En esta edición incluimos un especial de cobertura al cumplirse un año de que grupos armados de los hijos del Chapo sometieron a las fuerzas armadas, policías locales, y aterrorizaron a los ciudadanos que fueron secuestrados en su propia casa.

En el especial de esta edición no hay opiniones académicas desde un escritorio, hay testimonios de los involucrados, testigos que enfrentaron esa tarde esquivando balas.

La tarde y noche del jueves 17 de octubre es aun inabarcable para la ciudad de Culiacán. Desde quienes se niegan a aceptar que los hijos del Chapo son los dueños poderosos de sus calles y vidas, hasta quienes un año después festejan aquella acción que arrodilló a un gobierno(PUNTO)

Columna publicada el 18 de octubre de 2020 en la edición 925 del semanario Ríodoce.

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RÍODOCE EDICIÓN 931
29 de noviembre del 2020
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