octubre 21, 2020 10:47 PM

AMLO rechaza a los partidos, incluido Morena

LÓPEZ OBRADOR. Ningún intermediario.
Foto: Diego Simón Sánchez /CUARTOSCURO.COM

El modelo político del presidente López Obrador se sustenta en una relación directa entre él y el pueblo.

No contempla a ningún intermediario, ni persona ni instituto.

El modelo político del presidente no está diseñado para que Morena sea su columna vertebral. Ese papel solo le corresponde a Andrés Manuel López Obrador mismo.

Morena no es la estructura que le organiza las bases de apoyo al presidente, eso lo hace él, auxiliado de los “servidores de la nación”.

Morena no vincula las decisiones con la política local. En los estados no existe ninguna política articulada de Morena. Diputados, alcaldes y dirigentes hacen cosas diferentes y confrontadas. El lado local de la política de la cuarta transformación la hace directamente el presidente con los gobernadores y poderes estatales, por encima de la muchedumbre morenista que se desgarra entre ellos en todos los espacios.

Morena, mucho menos, es la estructura que conforma una plataforma ideológica y de propuestas de gobierno. Los morenistas solo respaldan lo que define previamente el presidente. Solo escriben para alabar las decisiones tomadas. Nunca van por delante.

El presidente no les pide ideas y propuestas de gobierno. Esas las hace él. Ni siquiera aceptó que su gabinete participara en la elaboración del “verdadero” Plan Nacional de Desarrollo. Menos hay un lugar para las sugerencias de los morenistas. No han colaborado con una coma para el ejercicio de gobierno.

Este rol de Morena en el proyecto político del presidente López Obrador explica que su partido tiene direcciones estatales vacías desde hace más de un año, no puede renovar su dirigencia nacional por sí mismo, no produce ideas de gobierno, aporta chascarrillos políticos permanentemente al anecdotario nacional y no soluciona sus conflictos sino los potencia.

Para López Obrador la “buena” representación de los intereses del pueblo es él, construye la figura de un “hombre-pueblo” con capacidad sensible de encarnación destinada a remediar el estado de mala representación existente.

“Yo ya no me pertenezco, estoy al servicio de la nación, soy un hombre de nación (…), mi amo es el pueblo de México”.  Andrés Manuel López Obrador / 13 noviembre 2018.

Para Andrés Manuel López Obrador la democracia es preferentemente democracia directa, él preguntándole al pueblo y es rechazo a los cuerpos intermedios y a las instituciones de carácter no electoral, como los tribunales constitucionales y los órganos autónomos a quienes sistemáticamente acusa de contrariar las decisiones de los poderes surgidos de las elecciones.

Exalta, como un elemento fundamental, que el pueblo se manifieste de forma espontánea. Todo lo demás es “politiquería”.

Este modelo político del presidente, está democracia inmediata, no requiere estructurar organizaciones o partidos con gran vida interna y menos, vida democrática; más bien necesita de una actitud de adhesión a la oferta política ya establecida. Digamos que es un modelo que corresponde al de las redes sociales, le es más propio el esquema de followers si se quiere caracterizar  el tipo de lazo entre los morenistas y Andrés Manuel López Obrador.

Salvo el mismísimo Presidente, todas las personas y, sobre todo, las estructuras intermedias, son sospechosas de depender de intereses particulares y de ilegitimidad moral. De ahí se deriva que la cacería moral sea una actividad preponderante en ese partido.

No son los defectos personales de los morenistas lo que ocasiona el comportamiento político que apreciamos. Es el papel que le asignó el presidente y el diseño institucional lo que incentiva ciertas actitudes e inhibe otras.

Este modelo que debilita el funcionamiento incluso del partido en el gobierno es complemento necesario del rechazo hacia las élites y oligarquías. El pueblo condena a la casta política acusada de defender sus propios intereses y de haber perdido cualquier carácter representativo.

Ello deriva en el rechazo de la forma partido, enlistada en el repertorio de aparatos ajenos al pueblo; acusada de ser cooptada por la incesante lucha por el poder. De ahí la preferencia otorgada por esta razón a un tipo diferente de organización política: el del movimiento.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe son partidarios del populismo y señalan que este requiere como condición de su surgimiento una verticalidad de nuevo tipo. “El pueblo, como actor colectivo, debe moldearse en torno a una cierta identidad. Pero esta identidad no es automática: es preciso construirla.” Lo cual significa que debe instalarse una “articulación vertical en torno de un significante hegemónico que, en la mayoría de los casos, es el nombre de un líder”. “Para crear una voluntad colectiva a partir de demandas heterogéneas, hace falta un personaje que pueda representar su unidad.”

Hay presidente fuerte y partido débil, como quiere López Obrador que sea. Como lo necesita su modelo político.

Morena es sólo el membrete que debe aparecer en las boletas, un requisito a donde debe depositar todo el apoyo popular que él se gana.

Columna publicada el 27 de septiembre de 2020 en la edición 922 del semanario Ríodoce.

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