octubre 22, 2020 12:31 AM

Malayerba: Seguro de vida

malayerba-seguro de vida

Había sido soldado y no cualquiera. Se fue de guardaespaldas de un narco porque le dejaba más dinero: le recomendaba rutas de seguridad, nunca manejaba la camioneta porque le decía que así no iba a poder custodiarlo ni accionar su arma si había algún ataque, y enseñó y ordenó a los otros escoltas cómo vigilar, dónde montar guardia y responder.

Lea: Malayerba: Cirugía https://bit.ly/35WoeVC

Era un hombre recio, fuerte, de estatura mediana, moreno, pelo y frases cortas. Mientras otros habían sido castigados o cesados por indisciplina o porque llamaban la atención al mostrar sus armas o participar en accidentes, él se había desempeñado como todo un profesional de los fusiles y la nueve milímetros, subordinación y discreción.

Pero ese día el jefe le llamó la atención inmerecidamente. Él no agachó la cabeza. Miró fijamente a ninguna parte y luego de los humores de su jefe, que subían y bajaban, que antes de gritar parecía un mar en calma, decidió renunciar. Le dijo que quería ver a su familia, tener otro ambiente, y que no le gustaba el trato que le daban.

Él jefe se sorprendió. Era su mejor guarura pero se mordió un güevo y le dijo por mí lárgate. Tampoco, jefe. No más me voy, y eso sí, le advierto: no me ande siguiendo a ver con quién me junto, a dónde voy. Yo sé que lo ha hecho con otros que se han salido. No lo haga, jefe. Porque si lo hace yo me voy a dar cuenta, y le voy a regresar a su gente en pedacitos. Usted sabe cómo soy. No voy a andar de mitotero o soplón con la policía o el ejército. No soy un traidor ni soy un perro, pero con todo respeto no me chingue y todos contentos.

El patrón se le quedó viendo. Le dijo que estaba bien y ordenó que le dieran dinero por el tiempo trabajado. Él tomó el sobro abultado y dijo adiós de lejos. Cuando uno de sus guardaespaldas volteó, el jefe le dijo no lo sigas.

Dos semanas después supieron que se había vuelto a acomodar. Trabajaba para una célula de la misma organización criminal, en una ciudad cercana. Era el comandante de un grupo de sicarios. Le ordenaron seguir a uno de la marina que iba de civil. Lo interceptaron y sometieron, pero cuando le ordenaron que abriera la cajuela del carro los sorprendió. Se armó la tracatera: su compañero herido y él muerto.

El cadáver quedó en la funeraria dos días. Su ex jefe se enteró y ordenó: gestionen lo del seguro de vida, hablen con la viuda y denle el dinero, y arreglen el entierro. La mujer se quedó con dos hijos pequeños. Todo corrió por cuenta de aquel que había sido su patrón y que no le guardaba rencor por haberlo dejado sin su custodia, sino que le tenía gratitud: no ordenó que lo siguieran, cuando renunció, aunque sí lo acompañó al panteón a besar con billetes y generosidad el frío mármol de su tumba.

Columna publicada el 20 de septiembre de 2020 en la edición 921 del semanario Ríodoce.

Compartir en facebook
Facebook
Compartir en twitter
Twitter
Compartir en whatsapp
WhatsApp
Compartir en email
Email

La denuncia de Emilio Lozoya

Consulte aquí el texto íntegro
RÍODOCE EDICIÓN 925
18 de octubre del 2020
GALERÍA
COLUMNAS
OPINIÓN
El Ñacas y el Tacuachi
BOLETÍN NOTICIOSO

Ingresa tu correo electrónico para recibir las noticias al momento de nuestro portal.

cine

DEPORTES

Desaparecidos