marzo 29, 2020 5:06 pm

Cuando la violencia alcanzó a los niños

natural selection

Todavía no daba crédito del ataque armado de un niño de 11 años contra su maestra y compañeros, cuando me entero que a cientos de kilómetros de distancia, en Mazatlán, otro infante por razones no del todo claras, aunque se dice que tomó su existencia “para saber qué había después de la vida”, amanecía colgado en una de las torres de la CFE ubicadas al norte del puerto.

Sé que se puede decir que técnicamente son casos distintos, que uno estaba armado y que el otro, si bien no fue sacrificado, estaba deprimido, y esa depresión lo llevó a la muerte. Pero, en esos supuestos, hay un elemento común: los dos niños pensaron en la muerte antes de actuar y la encontró cada uno a su manera.

Mucho se ha dicho que el primero de los niños esa mañana decidió tomar el arma de su abuelo y con ella se dirigió a la escuela para asesinar y lo logró como antes la mañana del 18 de enero de 2017, en un colegio privado de Monterrey, donde otro chamaco atacó también a sus compañeros dejando a tres mal heridos; mientras el segundo, se autoflageló, cuando había abandonado al amanecer la vivienda de sus padres para cumplir la cita con la muerte.

¿Qué hay detrás en cada una de estas muertes prematuras?, ¿de estas muertes que nos sacuden por inesperadas y por la corta edad de los ejecutores? ¿crímenes qué nos dejan la sensación de que algo está roto y que en cualquier momento pueden volver a ocurrir? Acaso, ¿vale el argumento de que todo se explica por el entorno familiar? ¿O el de que es resultado del uso sin control de los videojuegos violentos?

¿No sería mejor buscar una explicación más razonable?, Por ejemplo ¿Que es un subproducto de una sociedad enferma, indiferente, vacía, capaz de fomentar el individualismo y la violencia? ¿Qué provoca además tomar un camino excepcional en el momento del capullo de la vida? Y por si fuera poco, que dejan un cierto malestar en la sociedad que no atina a comprender los motivos de fondo que animaron a tomar decisiones del tamaño que lo hicieron y que los medios de comunicación lo tomaron como suyos buscando encontrar, en especial el caso del niño empistolado, motivaciones en las muertes espectaculares a las que nos hemos acostumbrado a escuchar en fuentes norteamericanas.

No tengo la respuesta correcta, como ningún otro, que busca la cuadratura al círculo, lo cierto es que está ahí la amenaza, la extraña premonición sangrienta, de que tarde o temprano está violencia volverá a ocurrir, cómo la espiral de violencia que diariamente nos sacude teniendo como destinatario principal a los jóvenes y especialmente a las mujeres.

Lo que si tengo claro es que los medios de comunicación siempre irán a la caza de este tipo de noticias, que dan para la portada de ocho columnas, y sacuden a un lector ávido de noticias espectaculares y es que la muerte en este tiempo llega a ser un insumo de lo que no hace muchos años Vargas Llosa denominó en un título de libro: La sociedad del espectáculo, donde todo se banaliza e impide encontrar las verdaderas causas de este tipo de sucesos. Vamos, si se logra banalizar la guerra, ¿por qué no se iba a banalizar la muerte de un cristiano, por más pequeño que este sea?

Véase si no: mientras el niño coahuilense es motivo de una atención mediática especial y hasta se destaca el texto “Natural Selection”, que llevaba en la parte frontal de su camiseta, recordándonos que era el mismo que traía uno de los jóvenes de la masacre de Columbine aficionados a un videojuego donde la violencia es el eje de una trama envolvente de balas y sacrificio; el otro infante, sin más atractivo mediático, se presenta fugaz por rutinario, de esas muertes que se olvidan rápidamente y sobre todo en un Sinaloa donde es el pan de cada día.

En definitiva, la muerte de este par de niños, nos recuerdan dónde estamos parados y lo poco que cómo sociedad estamos haciendo ante esta espiral de violencia que llega hasta donde hace poco, considerábamos inalcanzable, pues suponíamos que no tenían conciencia del drama que estamos viviendo y donde nadie parece sentirse excluido.

Artículo publicado el 19 de enero de 2020 en la edición 886 del semanario Ríodoce.

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