noviembre 13, 2019 6:09 am

Turismo negro (II)

chapomania

Sergio Torres, alcalde de Culiacán en febrero de 2014, señaló que su gobierno exploraba la posibilidad de sacar provecho a la “chapomanía”, ese performance sociológico que se vivió entre protesta y festivo cuando fue detenido el capo del Cártel de Sinaloa en la Torre Miramar de Mazatlán.

Lea: Turismo negro https://bit.ly/2Nm0DEk

Afirmó como si hubiera descubierto el agua tibia: “No tenemos prejuicio de entrada, suena (sic) que se debe de valorar mínimamente, eso más que nada sería para turistas que nos visitan de otra parte del mundo más que de México”. Y para reforzar su dicho agregó: “Esta propuesta que pareciera una ocurrencia, es una situación (sic) que en otros países se aprovecha, se da incluso. Entonces yo creo que sería digno de analizarse de manera seria y no tirarla en saco roto y ver que pudiese aterrizar (sic)”(Proceso, 27 de febrero de 2014).

Aunque han transcurrido más de cinco años de cuando hizo estas declaraciones que no pasaron de ser vistas como una ocurrencia en los hechos, este tipo de “negocio” existe subrepticiamente exaltado por los múltiples reportajes que se han hecho sobre la capital del estado; la novelística del narco, la cinematografía, la crónica de las leyendas de la violencia y ese informante calificado que es todo culichi, quien da santo y seña de las historias que han sucedido en esta ciudad, que ha sido considerada en distintos momentos entre las más peligrosas del mundo.

Esta narrativa negra hace de Culiacán una ciudad que muchos desean conocer y estar en los lugares de culto del narco y no solo eso, sino adoptar muchas veces su estética que hizo famosa El Ezequiel con su parodia desternillante. Sea la capilla de Malverde o los Jardines del Humaya; o los barrios residenciales y las casonas abandonadas. La tentación es mayor entre un turista que busca salirse de los cánones convencionales del turismo de masas e ir a las zonas de riesgo, peligrosas. Sentir que la adrenalina sube y experimentar sensaciones nuevas en su ejercicio del ocio.

Sin embargo, la experiencia en otras partes del mundo no es producto de políticas de gobierno como lo sugiere el hoy Secretario de Pesca estatal, sino de iniciativas de particulares, que ven en este tipo de turismo un nicho por aprovechar, para obtener ingresos fiscales.

Por ejemplo, en un viaje que realicé recientemente a Auschwitz, el campo de concentración y exterminio nazi, me encontré que detrás de la visita hay toda una industria del entretenimiento que va de portales y páginas de internet, agencias de viajes, hoteles, autobuses, tiendas de souvenirs, restaurantes, bares que se montan con autorización del gobierno polaco que regula como cualquier otra empresa, pero también en la información que se pone en venta incluso hay manuales de comportamiento del viajero que los guías no dejan de recordarlo.

Nos informaba la guía que el interés por Auschwitz se había disparado porque en 2017 alcanzó los 800 mil visitantes, mientras el año pasado había sido de 1 millón y medio, con una derrama de decenas de millones de dólares.

Aquí en cambio, hasta ahora y específicamente en Mazatlán, el llamado turismo negro es organizado por particulares sin ningún tipo de regulación. Los taxistas, pulmoneros y operadores de las llamadas bronquitis, dan u ofrecen el servicio cuando el cliente le pregunta por tal o cual personaje del crimen organizado y eso los lleva de sur a norte de la ciudad, contando historias reales o ficticias ante el asombro del que escucha con música de fondo de Chalino Sánchez o El Komander.

Como este servicio es silencioso es probable que ocurra en Culiacán o en Los Mochis, o en cualquier otro lugar del país, sin embargo, es irrelevante económicamente además de que el gobierno lo ha dejado en ese nivel, ni lo regula, ni lo censura, ni lo promueve.

Y es lo correcto, un gobierno responsable debe exaltar valores positivos a través de la educación y el deporte, mal haría tener políticas públicas turísticas destinadas al culto de la violencia y sus personajes.

En todo caso, sus políticas deben estar destinadas a combatir las manifestaciones de lo que produce, la llamada narcocultura que se ha extendido en todos los niveles sociales. Sea a través de la música, el lenguaje, la ropa, la narrativa heroica del narco y una proclividad al consumo ostentoso de marcas que ha derivado en el personaje buchón, ese individuo típicamente culichi de apariencia grotesca que con su estética está en la línea del narco o algo más preocupante que es la cultura de “sin tetas no hay paraíso”, que ha alcanza ya a miles de jóvenes que su mayor aspiración es tener dinero para poder hacerse implantes voluminosos y en los hombres donde se han empezado a popularizar los implantes para mostrar cuerpos musculosos como si fueran producto del trabajo de muchas horas de gimnasio.

En fin, el dicho de Sergio Torres nunca, nunca, fue una buena idea, por eso nadie la compró y quedó como otra ocurrencia producto de la fascinación que sigue provocando el narco.

Artículo publicado el 25 de agosto de 2019 en la edición 865 del semanario Ríodoce.

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