agosto 21, 2019 1:44 am

Aquella Semana Santa del 59

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Ya estaba todo arriba de la carcacha, una Chevrolet roja modelo 50.

Los petates, las cobijas, el asador, los refrescos, las cervezas y la madre, la abuela, los hermanos, más los primos Lauro y Aquilino, que habían llegado días antes desde el rancho portugués de Norzagaray para conocer el mar.

Mi padre que conducía la camioneta salió con rumbo a la Villa de Ahome y luego nos enfilamos hacia la sindicatura Higuera de Zaragoza para luego perdernos en un camino largo de terracería que nos llevó entre una columna de polvo al acceso de cuota: las playas de San Juan.

Bajamos las cosas en una enramada con techumbre que mi padre había mandado hacer días antes y los primeros que se lanzaron a la playa fueron los primos que entraron corriendo con una alegría desbordante y Lauro, como si estuviera en el arroyo del rancho, se echó un buche de esa agua y luego la escupió mientras le decía a su hermano ¡Ay, mano, cuánta agua, pero está salada!, y preguntó peor: ¿Quién le echaría sal?

Y todos nos carcajeamos al unísono y de ahí pal real, a la primera le recordábamos “¡Ay, mano…!” Creo, que fue cuando descubrí el sentido burlesco de la carrilla sinaloense.

La tarde del primer día estuvimos entrando y saliendo de la playa y cuándo el día se despedía con matices grises y naranja la abuela nos llamó para que cenáramos una deliciosa carne que había asado en una hornilla improvisada sobre la arena. Ahí, mientras comíamos, la abuela nos contó historias espeluznantes del rancho, cómo aquella de un charro sin cabeza que recorría la región en un caballo negro repartiendo justicia y miedo entre los malosos que rondaban en esos caminos sin dios.

Mientras la abuela platicaba la audiencia crecía conforme se integraban otros al grupo de la hornilla. Había amigos de mis hermanos y hermanas que habían venido con sus familias. Entre ellas estaba Rosalba una morena adolescente de buen ver y unos ojos grandes, a la que le hacían la ronda los muchachos más grandes y los niños solo la admirábamos en forma silenciosa. Ella se dejaba querer y flirteaba con todos, a mi alguna vez me sobó la cabeza y sentí algo extraño, eléctrico, no sé.

Sin embargo, fue Manuel quien terminó siendo el ganón y ya para el segundo día no se le separaba y se les veía bañándose o caminando agarrados de la mano. Se oía entonces el murmullo malicioso y las risas envidiosas de los otros muchachos. Fue la primera vez que escuché la palabra sexo y de momento no logré descifrarla más allá de una vaga idea del coito y los hijos. Para mí era un asunto de adultos de cuando se casaban. No lo asociaba para nada con el placer simple y llano del gozo de otro cuerpo. Y menos que esto pudiera suceder entre jóvenes imberbes. Así que cuando escuche esa Semana Santa una y otra vez hablar subrepticiamente de sexo, me intrigó lo que pudiera suceder durante las caminatas que sostenían Manuel y Rosalba y más cuándo se perdían por aquellos desolados rincones de la playa mientras sus padres escuchaban tambora.

Una tarde previendo que ambos empezarían su caminata me adelante para saber que sucedía y motivaba los comentarios lascivos de los otros adolescentes. Me fui hasta donde calculé que ellos se detenían. Acomodado tras un cerro de arena estaba al acecho de la pareja y los vi venir agarrados de la mano y eso me provocó un ligero escalofrío por mí osadía. Sospechaba que detrás de esas manos estrechas existía algo que quería descifrar. Algo que estaba por suceder y que yo en mi infancia no atinaba a discernir. Se sentaron en una pequeña loma caprichosa desde donde atisbaban hacia la muchedumbre diminuta y el vuelo pausado de unas gaviotas que dibujaban en un cielo azul que fenecía en un estallido de color. Él le murmuraba palabras que provocaban en Rosalba una risa loca. Ella lo abrazaba y a su vez también le murmuraba al oído. Yo por más que buscaba escucharlos me resultaba imposible y mi imaginación más se inquietaba. Me imaginaba que se contaban chistes o secretos.

Fue entonces que ese escarceo juvenil terminó en un beso húmedo que con el tiempo sabría que podría ser la antesala del sexo. La tentación estaba a flor de piel y se hacía visible en un beso cada vez más apasionado. Las manos de Manuel empezaron por explorar el cuerpo dócil de Rosaura mientras ella lo abrazaba. Primero fue la espalda, luego esas manos bajaron a la cintura y se quedaron un momento en ese lugar como si se sostuviera un tronco a punto de venirse abajo. Luego bajo sus manos a esas piernas macizas mientras sobre su rostro se bañaba de sudor en el último suspiro del día. En ese punto me venían una y otra pregunta entre la inocencia y el morbo. Entre la sorpresa y la revelación de lo humano. No tenían respuesta.

Entonces, fue cuándo decidí dejarlos solos, en la fuga subrepticia alcance a ver cuándo el brassier caía sobre la arena y no quise ver más. Allá a lo lejos escuché el grito de la abuela llamando a todo pulmón a cenar. Y corrí, corrí, hasta llegar en el momento en que ella echaba una tortilla de harina al comal y con la novedad de que habría nuevamente carne asada. Ya de adulto me hacía gracia la expresión sexual: ¡ya se hizo la machaca!

Artículo publicado el 21 de abril de 2019 en la edición 847 del semanario Ríodoce.

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