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Volver a León Trotsky

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En mi época de estudiante en la UNAM, como muchos de mi generación, simpaticé con el ideario político de León Trotsky, así que leí mucho sobre este personaje legendario de la revolución rusa o mejor todavía de la revolución mundial.

Desde la infaltable y monumental trilogía de Isaac Deutscher (Trotsky el profeta armado, el profeta desarmado y el profeta desterrado o la mejor biografía sobre José Stalin), hasta la novela del cubano Leonardo Padura: El hombre que amaba los perros.

Claro, pasando por la propia obra multifacética de Trotsky que lo mismo escribía temas militares que teoría literaria, incluida aquella polémica entre él y Stalin sobre el dilema entre la Revolución en un solo país o la Revolución permanente que dividió el movimiento comunista internacional creando los primeros ismos (leninismo, trotskismo, estalinismo). No menos importante fueron mis viajes a los lugares de culto, sea la casa Trotsky en Coyoacán o la bella residencia con vista al Mar Bósforo en la isla de Büyükada en el lejano y misterioso Estambul.

Esta semana he visto los desconcertantes ocho capítulos de la serie que ha producido la televisión rusa sobre la vida de este político excepcional.  Está de estreno en el portal Netflix, y digo desconcertantes, porque la imagen que presentan del creador en jefe del Ejército Rojo dista algo de lo que fue, o mejor del mito creado luego del pioletazo en el bunker de Coyoacán en la ciudad de México y que una tarde de 1982 estuve en el lugar exacto donde ocurrió ese crimen que estremeció al mundo.

Ahora bien, siendo Trotsky un desconocido en su propio país gracias a la historia oficial del estalinismo que lo borró por apátrida y traidor a la revolución, como a muchos otros, de toda una generación de comunistas organizados en la Oposición de Izquierda del partido bolchevique, con el “regreso al capitalismo” era de esperar una revisión y reescritura de la Revolución de Octubre.

La llegada de los nuevos tiempos, la fragmentación de la antigua URSS y la creación de la Federación de Rusia, apareció una nueva generación de políticos más occidentalizados que van desde Mijail Gorbachov a Vladimir a Putin, de Boris Yeltsin a Dimitri Medvedev, y en medio de las nuevas libertades se recupera algo de la memoria que el estalinismo había llenado con propaganda anti trotskista.

Se dice frecuentemente que la historia la escriben siempre los vencedores y si la versión que se expresa en esta serie es la oficial es un ajuste de cuentas con el pasado soviético. Lo mismo pega a Trotsky que a Lenin y Stalin. Quizá, lo único que le sobrevive de aquellos “10 días que estremecieron al mundo” es el espíritu imperial ruso, el de gran potencia, lo mismo en el mundo árabe que en América latina, los rusos están de vuelta en la lucha por la hegemonía mundial y esto pasa también por el cine de consumo masivo.

Así, si la televisión rusa trataba de hacer una versión para el consumo popular, reescribir la historia y sus personajes terminó exaltando sin mencionar el liderazgo “cuerdo” de Vladimir Putin.

A Trotsky se le presenta como un intelectual revolucionario pero para una causa imposible; como un político duro pero visionario hasta el delirio; decidido y audaz pero como un asesino por la causa del bolchevismo. Lo mejor de la serie son varios de sus parlamentos filosóficos, donde vemos un dirigente político con ideas claras e inclaudicables, aun con sus costos políticos incluso familiares. Recordemos que sus cuatro hijos murieron o fueron asesinados cuando sus vidas frisaban los treinta años. La brillantez política de Trotsky hace que en la serie se le ponga por encima del propio Lenin, al que en la serie se le ve opaco y hasta por momentos inseguro, dependiente, en algunos momentos de las razones del mismo jefe del Ejército Rojo.

No obstante, la narrativa cinematográfica se sitúa en las antípodas tanto en la producción como en la historia; parecería que la escribió un joven cineasta que nunca leyó más que lo que se ha dicho después del fracaso de la Perestroika y el Glasnost, la reforma económica y política, en el final de la época soviética, o que simplemente se le haya dado el libreto oficial para hacer esta historia que marcó el siglo XX. Hay notoriamente datos falsos.

Finalmente, la serie no podía ser heroica de buenos contra malos, tenía que ser de carne y hueso, como fueron las purgas y un ejercicio de poder para tiempos en que las decisiones están marcadas como ayer por la hegemonía mundial, o sea, la historia actual que todavía despierta emociones entre aquellos que todavía sueñan con la utopía de la revolución mundial.

Artículo de opinión publicado el 3 de febrero de 2019 en la edición 836 del semanario Ríodoce.

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