Juego e imaginación para pequeños tarámaris de la sierra sinaloense

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Festival del niño indígena en los pueblos serranos de Sinaloa

La cultura y la imaginación no son opción en esas comunidades. Ellos tienen carencias de alimento, medicinas, vestido, educación, de todo. Por ello, desde hace poco más de dos años el Colectivo Tarahumara Sinaloense ideó realizar una serie de eventos culturales.

Y a partir de este año lo vieron cristalizado. Lo fundaron como el Festival del Niño Indígena, dedicado no solamente a los pequeños tarámaris de la sierra sinaloense, sino a aquellos niños que forman parte de un Sinaloa que la autoridad no ha querido atender de manera directa.

Intrincados en lo alto de la serranía sinaloense, decenas de niños tarahumaras ven la vida pasar privados de la magia del juego y la imaginación. Pero también en la costa, en el Huitussi comunidad de Guasave; o en Jahuarita, comunidad de El Fuerte arrasada por las lluvias pasadas.

A esas comunidades no llegan ni los circos, sobre todo a las serranas. Así lo explica Hortensia López Gaxiola, integrante del Colectivo desde su fundación en 2016.

La también activista social comenta que fue en una reunión de alrededor de dos horas con Papik Ramírez, director del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), donde se afinaran los últimos detalles. Solamente necesitaban apoyo para hospedaje y gastos de traslado, lo demás, corrió por parte del Colectivo.

“Nosotros como colectivo, como son comunidades que visitamos normalmente, sabemos que además de hacerle falta alimentos y todos los servicios, les hacen falta eventos culturales que es un derecho de todos (el derecho a la cultura), no tuvo ninguna duda Papik de colaborar con nosotros”, dijo.

El festival se pactó del 16 al 28 de septiembre, sin embargo, derivado de las lluvias entre el 14 y el 20 de septiembre en el norte y centro de Sinaloa, los eventos tuvieron que reprogramarse pero no detenerse.

“Tenemos pendientes las funciones de Ahome que son en los poblados de Bacorehuis, Jahuarita y el Téroque Viejo. Son casualmente los pueblos que resultaron más dañadas por la lluvia y no queremos cambiarlas, podemos fácilmente buscar otras comunidades, dar las funciones en este momento y ya pero no, queremos esperar unos días y dar las funciones cuando ellos estén listos… dar las funciones precisamente para esos niños que tuvieron esa experiencia que pudo ser traumática y que se distraigan, que vean esos títeres”.

El surgir de la idea

Sin diferenciar entre un lunes o un viernes, los tarámaris cuentan los días. Entre la ficción y la realidad, Hortensia encuentra reflejos de relatos. Por ejemplo, cuenta que la “Crucita” tenía una vaca y que se la llevó el arroyo.

Justo como en un cuento de Juan Rulfo, en que a la vaca serpentina un río crecido la arrastra. Y Hortensia le explica la similitud con el cuento, a lo que Crucita sólo atina a responder que le gustó el nombre de la vaca.

“Y entonces me doy cuenta de que no tienen ningún referente. Les pregunto de la Caperucita y no saben, no sólo los indígenas sino nadie, o sea, ni siquiera la Caperucita que es lo más conocido del mundo”, señala.

La necesidad de alimentación, abrigo, medina y educación son urgentes, y por ello Hortensia comenta que la cultura es algo a lo que esos pueblos también tienen derecho.

“Es un conocimiento que hace que todos tengamos ciertas referencias y que de alguna manera nos hagan que soportemos el mundo, ellos no las tienen y entonces bueno, para estas comunidades cómo hacerle para que nos cuenten lo que tienen porque también hay muchísima cultura en ellos, cómo hacer para que ellos puedan recrear sus mismas historias, sus mitos o las leyendas que les han contado sus abuelos, entonces eso es lo que queremos”.

La primera función se llevó a cabo en el pueblo de San José de Gracia, pueblo minero donde según el historiador sinaloense, Sergio López, se llevó a cabo la primera función de teatro en Sinaloa hace más de 200 años. Por ello, a pesar de no ser una comunidad netamente indígena, fue ahí en que el festival dio inicio.

“Ese fue uno de los motivos por los que quisimos iniciar ahí, porque cuando termina el auge minero prácticamente se queda despoblado el lugar y en este momento la gente que vive ahí no tiene memoria de ninguna actividad cultural, ni siquiera de un circo”, comenta Hortensia.

Tal vez por la lejanía o por la inseguridad al tratarse de un pueblo serrano en las inmediaciones del círculo dorado, el pueblo fundado en 1604 era habitado por los indios cocoyomes y evangelizado por jesuitas, ahora quedó atrapado en una amnesia cultural.

Ahí, la primera función dejó también diferentes anécdotas. Como el desfile de camionetas para traer al público de las diferentes comunidades indígenas en la sierra de Sinaloa municipio. Ni siquiera el gobierno estatal sabe cuántas existen, de hecho, hace apenas hace dos años supieron que en Sinaloa hay pueblos tarahumaras.

Finalmente lograron alcanzar a aproximadamente 300 niños indígenas. Luego la lluvia y todo se detuvo excepto el ímpetu de continuar con el festival.

“Tenemos 10 comunidades agendadas, vamos a la mitad. Falta la colaboración de marionetas Gio de Aguascalientes, estuvo ya Mayra Amezcua, estuvo Filibusteros y pasó que el día de la inundación venía Teatíteres, un colectivo de teatro y títeres de Mexicali, ellos hicieron el esfuerzo de pagar sus boletos para venir”, señala.

Y mientras familias sin contar en Sinaloa aquejan daños por las lluvias, el Sinaloa no mestizo también quedó golpeado, pero el golpe viene desde más atrás.

Artículo publicado el 14 de octubre de 2018 en la edición 820 del semanario Ríodoce.

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