junio 19, 2021 3:03 PM

Migrantes; ni políticas racistas, ni un muro más elevado los detiene

 

 

tren 3

La zona es árida, y el ambiente es caliente como fragua. El aire huele a aceite. Rieles oxidados, vagones estáticos, locomotoras encendidas, pero sin movimiento, adornan un paisaje que por horas parece un cuadro de naturaleza muerta.

Un guardia aquí, otro más allá, se mueve como fantasma. A la distancia, una escuadra militar se acerca, revisando furgones, góndolas. Avanzan tan lentos que parecen tortugas. Un movimiento tan desesperante para esos ojos furtivos que ocultos, casi invisibles, no pierden detalle, desde las escasísimas sombras que a esa hora no dan fresco alguno.

Están ahí varados. Tienen ya 36 horas sin moverse. Su vehículo, el tren que los llevará hasta Empalme, Sonora, está estático, y el que va a Mexicali, Baja California, no tiene hora para arribar.

Por eso esperan, aguantando todo lo que les llegue. Su silencio es el arma, y el pasar desapercibido su estrategia de supervivencia; el hambre y la sed es su mayor debilidad; su fortaleza, huir de la muerte y el de lograr el sueño americano; y el problema, la escasez de dinero.

No saben en dónde están, sólo que cruzan por Sinaloa y que se encuentran a un estado de llegar a su punto de quiebre.

“A medio día, a medio día, de llegar a la frontera”, se repite uno de ellos, que con monosílabos responde a preguntas.

Es hondureño. Mayor de edad. No rebasa los 25 años. Pantalón descolorido, playera desgastada y tenis cuyas agujetas demuestran que ya están en los últimos días de utilidad. Todo es de imitación. Morral al hombro. Se inventa un nombre, “Manuel”, y cuenta su historia. Huye de las maras de Honduras, que lo buscan para matarlo, porque atestiguó el asesinato de su hermano. Un día salió caminando de su barrio para ya no regresar, nunca. En México se trepó en la “bestia”, el ferrocarril sureño que lo llevó hasta Guadalajara, en donde transbordó hasta Mazatlán. Ahí fue asaltado por pandilleros imitadores de los maras. Entonces se unió a este grupo, que espera en Estación Sufragio que se enganche el tren que lo llevará a Empalme, y luego buscar una oportunidad para cruzar el muro fronterizo, el desierto, el río, enfrentar a los sheriffs, a la migra y a los estadunidenses racistas. Si lo deportan, ofrece regresar, dos, tres, cinco, cien veces, pues en su pueblo lo que único que le espera es la muerte.

A su lado, está “Brandon”. Es salvadoreño. A él, la crisis económica de su país lo lleva a arriesgar su vida en busca del sueño americano, y advierte que nadie se lo impedirá.

Junto a ellos están dos muchachas, ambas menudas, morenas, cabello negro, largo, y serias, muy serias. Son primas, y se alejan de El Salvador por la crisis. No responden a nada que involucre a su familia, pero sí al hambre que las obligó a emigrar, buscando ser el sustento de sus hermanos. Ellas poco hablan, pero advierten que la violación sexual es el mayor precio, además del asesinato, que ellas enfrentan en el viaje que se prolonga ya dos meses. Lo han realizado al lomo del caballo de hierro. Igual que los hombres, sorteando ataques de mexicanos, pandilleros o policías. Nadie tiene ayuda de nadie, y todos entre sí son una familia. Son los sinsabores de la aventura.

Estos cuatro cuentan que se conocieron en el viaje, y allí nació su hermandad, que hasta ahora perdura.

Cuando ellos hablan con los locales, de la nada comienzan a surgir más, y más. Ya son unos 20, y todos con una determinación coincidente: poco les importa que el estadunidense Donald Trump gane las elecciones de Estados Unidos por los republicanos, y que éstos sean racistas o que eleven los muros fronterizos.

“Si no es por arriba, será por abajo, o lo rodeamos, pero un muro no nos va a detener; tampoco nos va a detener las campañas racistas, y mucho menos que seamos indocumentados, porque en nuestra tierra lo que nos espera es la muerte, y allá, quizá un mejor futuro”, dijo uno de ellos.

El reloj avanza, la tarde cae, el tren se mueve. Los vigilantes del tren pretenden sacarlos de la zona de patios, pero no pueden. Son dos, y ellos más de 50. Por fin se dan por vencidos, y negocian una salida. Acuerdan que los hombres deben de abordar el ferrocarril a la salida, las mujeres y los niños en la estación, para evitar accidente.

Han llegado los militares al grupo. No les toman importancia. Ellos están ensimismados con su misión de detectar drogas. Son hasta cierto punto amables, los centroamericanos lo agradecen demostrando orden, en su abordaje.

Ellas se acomodan al lomo del tren. Las ruedas rechinan. Los ensambles crujen. Las vías tiemblan, Chucu chucu chucu se esculla a la distancia. Es el resoplido de la locomotora. El tren avanza, gana velocidad, vuelan morrales y mochilas, se lanzan sobre los estribos, tropiezan, resbalan, saltan de nuevo, se aferran a los andamios y finalmente viajan al lomo del caballo de hierro. Unas manos se agitan en el viento. Es la despedida.

 

 

150 centroamericanos son polizontes diarios en el tren.

Fuente: vigilantes ferroviarios

 

 

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