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Perlas de pepe  

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Los tiempos cambian y los setentas llegaron a Mazatlán con una fiebre de progreso. En el centro de la ciudad, sitios tan imponentes como el que albergó el Banco Occidental, mordieron el polvo ante la tendencia de la época, que buscaba convencernos a todos de que era mejor cercenarnos las partes viejas, un brazo, por ejemplo, para que pudiéramos lucir esas nuevas prótesis aerodinámicas y funcionales, tan en boga en las grandes ciudades. Por fortuna los cañones apuntaron hacia otros blancos de manera que varios edificios por el estilo (entre ellos el Ángela Peralta) se salvaron de morir en esa epidemia modernista que llevó al hecho insólito de dotar de iluminación a las Tres Islas.
En ese marco de progreso y desarrollo se abrió la avenida Camarón-Sábalo y se descubrió que, en efecto, allá estaba el nuevo horizonte de la actividad turística porteña, aunque esto le costara la vida a la Laguna del Camarón, que tuvo que ser secada y terraplenada en beneficio del boom que se estaba impulsando, con la mirada complaciente (¿cómplice?) de las autoridades, encabezadas por Alfredo Valdés Montoya en el estado y Mario Huerta en el municipio. Vaya, después de todo no había ecologistas que pegaran de gritos.
El área empezó a adquirir una nueva fisionomía, como si hubieran regresado los escenógrafos gringos. Los lotes baldíos desaparecían de un día para otro como por arte de magia para dar paso a pequeños, medianos y grandes negocios en los que la psicodelia de los tiempos reinaba en los decorados. No había límites: una cola de avioneta aparecía incrustada en la fachada de un Bar & Grill. Hasta el idioma se modificaba y poco a poco se engendraba el que hoy conocemos como inglés parachutero, pariente del espánglish, surgido en las películas de Tin Tan y su carnal Marcelo.
Los ricos llegaron a desclavar los letreros de “se vende” para construir sus casas y elevar la plusvalía de los terrenos. Los grandes hoteles perfilaron el rumbo; las discotecas y los nuevos night club’s jalaron a jóvenes y adultos. El lugar empezó a adquirir una apariencia de colonia gringa, como si Los Reyes del Sol hubieran regresado con su pinta natural. También los indios regresaron, pero a vender artesanías.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “De los reyes del sol a la zona dorada”.
 

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