Las horas muertas

 
horas muertas
Por más avances tecnológicos que existan y sirvan para aplicarse en la realización de películas, Las horas muertas (México/2013) reafirma que si no todas, la mayoría de las veces la sencillez es más atractiva y funcional que cualquier imagen colorida, luminosa o extraña creada por computadora.
La cinta del director Aarón Fernández (muy interesante, también,  Partes Usadas, 2007), que puede ver en Netflix, no nada más es sencilla por su historia, sino por cómo está narrada, las imágenes que muestra y el lugar en el que se filmó.
Sebastián (Krystian Ferrer) es un adolescente que llega al Motel Palma Real a hacerse cargo del negocio propiedad de su tío, que necesita ir a otra ciudad a realizarse unos estudios médicos.
Al principio, todo sucede en lo común que implica administrar un lugar de ese tipo: dificultades para encontrar alguien que se haga cargo de la limpieza, registrar quién entra y sale, cobrar por el servicio, o situaciones con vecinos ventajosos, pero conforme pasan los días, Sebastián va descubriendo otras cosas, también típicas de los moteles, pero que le parecen más interesantes.
El joven comenzará a identificar a sus cliente y conocerá un poco más de ellos: la frecuencia con la que acuden y, en el caso de algunos, las razones por las cuales van ahí, a pesar de que pueden resolver sus conflictos de otra manera.
Es ahí cuando se encuentra con Miranda (Adriana Paz), una atractiva vendedora de casas que, regularmente, queda de verse con su amante, que siempre la deja plantada o llega tarde, lo que será una oportunidad para que ella y Sebastián vayan en un trato más allá de lo usual entre un empleado y un cliente.
Mientras para ella Sebastián será ese amigo con el que puede platicar cuando espera a su novio, para el adolescente Miranda representará el despertar sexual con posibilidades de llevarlo a la práctica.
Las horas muertas no solo atrapa por esa manera tan sencilla de adentrarnos en una comunidad de La Vigueta, Veracruz, donde se encuentra el Motel Palma Real, en el que, aparentemente, no pasa nada, aunque tal vez suceda todo a través de los encuentros de los protagonistas, por sus interesantes conversaciones y deseos que no se dicen, pero son evidentes en sus gestos y miradas.
Adriana Paz luce muy atractiva, segura, persuasiva y determinante en ese papel de vendedora de casas, que no puede ser lo mismo para con su novio, y encuentra refugio en un chavo mucho menor que ella, quien solo tiene una cosa en mente, y no precisamente es escucharla.
Krystian Ferrer ha demostrado que tiene carisma y empatiza muy fácil con el público, simplemente en el mismo 2013 estrenó Buenos días, Ramón, uno de sus trabajos más sobresalientes, y en Las horas muertas no pierde la oportunidad de verse muy natural y convincente.
El ritmo un poco lento, la ausencia de situaciones muy dramáticas, la soledad y austeridad, encajan muy bien con la cotidianidad, la presencia de personajes realmente necesarios, en un historia que puede pasar donde sea y a cualquiera. No se la pierda… bajo su propia responsabilidad, como siempre.
 

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