Perlas de pepe

 

 

5 de agosto, Día Internacional de la Cerveza. Fallece Chavela Vargas.

Obligado por las circunstancias de su multicomentada muerte, incentivado por las reclamaciones de mis amigos, que prácticamente me exigían cambiar mi opinión sobre su aporte artístico, me permití un viaje por los rumbos del Youtube para escucharla con cuidadosa atención.

Lucho por idealizarla y en El último trago me despierta la impresión de que el último fue consumido antes de la interpretación, pero ni por asomo me transmite ese sentimiento y ese corazón que el colectivo dice que imprimía a lo que cantaba. Busco con inusitado denuedo esa gran mexicanidad que proyectaba esa mujer que solía aparecer en el escenario con un “poncho” argentino. Y nada.

Nació en San Joaquín de Flores, Costa Rica, el 19 de abril de 1919. A los 17 años, cansada de las golpizas que le propinaba su padre, Francisco Vargas, porque a su niña le encantaban las niñas, huyó a la Ciudad de México.

Si gozó de la amistad de Picasso, de Juan Rulfo, de Carlos Fuentes, de Diego Rivera; si le hizo una chambita a Frida Kahlo y conoció a Trosky, debió tener lo suyo.

Según se tomó 45 mil litros de tequila, pero eso es un dato estadístico que poco aporta al asunto. A José Alfredo se le recuerda por sus canciones y no por las tantas veces que salió todo meado de las cantinas, que debieron ser muchas, pero que ni sombra le hacen a Las ciudades.

Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo Chavela: ¿Confesión de madrugada?

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RÍODOCE EDICIÓN 856
23 de JUNIO del 2019
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