septiembre 19, 2019 7:57 pm

Perlas de Pepe

 

 

 

El 23 de septiembre (o setiembre, como lo escribía él a la usanza chilena) de 1973 falleció en Santiago de Chile aquel Ricardo Eliézer Neftalí Reyes Basoalto, nacido el 12 de julio de 1904, el cual, tras ganar algunos juegos florales, se despojaría de esa representatividad social para apropiarse de otra hecha a plena conciencia y derivada de la admiración que sentía por los poetas Paul Verlaine y Jan Neruda: Pablo Neruda.

 

No murió de amor, como su poesía hacía suponer, ni de dolor por su país devastado, como muchos, con justa razón, afirman. Lo arrebató de este mundo un vulgar cáncer de próstata, que hasta me da pena mencionar.

 

Un criminal golpe de Estado, encabezado por el general Augusto Pinochet, había derrocado a su amigo, el presidente Salvador Allende, dejando un caudal de sangre encabezado por la propia de Allende. La brutalidad nunca se manifestó de manera tan brutal.

 

Las remesas de presos políticos no cesaban, las universidades eran los sitios preferidos para “reclutarlos”. Al grito de: “¡A mí también me gustan, pero muertos!”, se fue sobre ellos para que las calles ofrecieran cuadros dantescos.

 

A la manera del 68 mexicano, los ingenuos se comían sus credenciales delatoras sin darse cuenta que la verdadera soplona era su juventud. Las bayonetas trasquilaban las melenas que formaban parte del uniforme de la rebeldía. Los tanques antimotines los vulneraban con sus potentes chorros de agua, las macanas les tronaban los huesos. Se la habían buscado, eran prófugos de La Caverna, de Platón, seducidos por la luz del conocimiento. ¿A quién se le ocurre?, es mejor no saber nada, ni siquiera lo que dicen los periódicos, receta esta última de nuestro expresidente Fox.

 

La última imagen de la Residencia en la Tierra de Pablo Neruda es la que nos ofrecen aquellos años de oscuridad chilena, con su carroza rodeada de militares armados con metralletas, impertérritos ante el dolor, como si estuvieran prestos para que, al menor intento de resurrección, bañarlo de plomo.

 

Para exorcizar esta visión, lo recuerdo en el remate de su discurso de aceptación del Nobel: “En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”.

 

Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo Neruda: ardiente paciencia.

 

 

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