julio 28, 2021 2:33 PM

Punto de nostalgia XVIII: El Palacio Municipal: nuestra casa blanca

palacio municipal 3

Leonidas Alfarro

El edificio más emblemático, por cuestiones políticas y populares, en Culiacán, es el que ocupa el Ayuntamiento, ubicado en la avenida Álvaro Obregón, entre Mariano Escobedo y Benito Juárez; en el mero corazón de nuestra ciudad.

Don Lázaro de la Garza y Ballesteros, siendo Obispo de la diócesis de Sonora y Sinaloa, llegó a Culiacán en 1838, su objetivo, seguramente entre otros muchos de su importante misión, era construir un edificio para albergar al Hospicio Tridentino, primera institución de educación superior. De inmediato se dio a su tarea desempeñando labores de ingeniería, albañilería y carpintería, trabajos que consolidaban su espíritu evangelizador, o sea, no nada más se supeditaba a orar sino también a trabajar; seguro tenía muy presente aquella demandante frase: Ayúdate, que yo te ayudaré. La obra fue terminada en 1842, y con ella se dio un avance importante a la fisonomía de la ciudad; de estilo ecléctico, pero modernista, fue el primer edificio de dos plantas  en conformar el paisaje citadino. La estética lograda concuerda aún con la arquitectura actual.

Imaginemos la impresión y orgullo de aquellos habitantes que apenas llegaban a 5 mil. La población era incierta en cuanto a número, pues las diversas luchas armadas y pandemias como la peste, la fiebre bubónica, y el hambre misma, de pronto, devastaban la región.

Desde su origen, el edificio ha tenido modificaciones, y también ha sido utilizado para albergar diversas instituciones; todas de relevantes actividades para el desarrollo de una ciudad siempre en avance en busca del progreso.

Nació para ser el Seminario Tridentino, pero años después fue Hospicio para señoritas, de esta etapa existe una novela escrita por don Othón Herrera y Cairo. Es una historia impresionante intitulada Fábrica de señoritas para políticos. ¡Vaya nombre! Delata que entre las paredes de aquel, entonces, tenebroso edificio, con personal compuesto por religiosas, aleccionaban e instruían a las jovencitas, que por alguna razón habían quedado desamparadas, solas en el mundo sin padres o familiares. Una vez capacitadas, quedaban expuestas para ser elegidas por gobernantes, empresarios y gentes de  riqueza y poder. Así se incrementaron las casas chicas y los segundos frentes, pero también se reafirmó la esclavitud. Rémoras que aún perduran en nuestra sociedad.

Fue en la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando el edificio se convirtió, primero, en sede del Gobierno Estatal, y en los setenta, fue convertido en Palacio Municipal. Fue precisamente en 1970, cuando don Alfonso Genaro Calderón Velarde, el llamado Gobernador Obrero, salió de este emblemático edificio para ocupar el nuevo Palacio de Gobierno del Estado, ubicado al sur-poniente de la ciudad, teniendo como vecino el sacrosanto recinto de Jesús Malverde, el Bandido Generoso.

El Palacio Municipal luce siempre pintado de blanco, fresco por su jardín, palmeras y fuente de agua cristalina. Bien podemos presumir que es nuestra Casa Blanca, y que estamos a la altura de Barak Obama, Presidente de los Estados Unidos, y la Gaviota, ubicada como la primera dama de México. Porque además, a nuestro edificio lo respalda un bagaje histórico muy importante: el haber sido sede de instituciones tan poderosas como son las de la iglesia y el gobierno, nada más y nada menos, los dos entes que han desarrollado los destinos de nuestra sociedad desde siempre.

Intentando imaginar aquel nostálgico pasado, ubiquemos la impresionante dimensión de nuestra Casa Blanca en aquellas calles ralas, desérticas, cuando la ciudad apenas nacía. Sus vecinos: al norte estaba la cárcel, que por ironías del destino, formaba esquina con Independencia y Libertad, hoy conocidas como Buelna y Paliza. Al poniente La Casa de Moneda, en la avenida Domingo Rubí, antes Callejón del Oro. Al sur y al oriente: nada, era un paraje escueto de tétrica soledad, que por las noches permitía a don Lázaro, quien alumbrado por una vela leía y escuchaba los sonidos de la selva que flanqueaba los ríos Tamazula y Humaya. Afuera, entre breñales, casuchas y corrales, el oscuro paisaje era de sombras informes que producían los destellos de las luciérnagas.

Cuántos asuntos y decisiones debieron darse entre funcionarios de la Iglesia y el Gobierno, cuántos personajes enfundados en trajes de levita que ameritaban sus cargos, caminaron por aquellos pasillos y salones, conversando con voces que se elevaban y bajaban hasta el susurro; cuántas reuniones de acuerdos, convenciones y conclaves debieron darse; cuántas comidas, cenas, bailes y saraos para definir y festejar en momentos de gloria. Cuántos llantos reprimidos, impresiones y enojos al borde del infarto.

Y el populacho. ¿Qué? También ha cambiado. Un tanto en su vestir, pues ya no usa manta sino mezclilla y acrilán, ya no usa sombrero, ahora es cachucha; ya no usa huaraches ahora son tenis. Pero lo más importante, ya no es sumiso. Ahora es contestón y, aunque aún no sabe cómo exigir sus derechos, ya no se enrosca, ahora se atreve a reclamar.

De los miles de personajes que han pisado las pesadas lozas de nuestra Casa Blanca, me permito citar a dos que estimo aún brillan, a pesar de los años que han pasado. Son seres que se apartaron del montón, de esos que les gana el ansia de vivir lo inmediato, enriqueciéndose para vivir con holgura cegados por su egoísmo, para luego ser olvidados como la bazofia volátil.

Muy lejos de aquel tipo de lacras, Don Lázaro de la Garza y Ballesteros y Don Eustaquio Buelna Pérez fueron hombres que supieron aquilatar que la vida es una oportunidad para caminar y dejar huella utilizando la inteligencia, considerando que el bien es sinónimo de justicia, progreso y belleza. Por eso hoy brillan sobre el montón.

leonidasalfarobedolla.com

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