domingo, diciembre 4, 2022
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Punto de nostalgia XIII: El pitón de la Aurora      

la aurora

Leonidas Alfaro                        

Ubicado en la colonia del mismo nombre: La Aurora, ese pitón atrae al pasar por el lugar, en el vértice de la calle Miguel Hidalgo y bulevar Xicoténcatl. Es el vestigio de un ingenio productor de azúcar y, contiguo a éste, una fábrica de hilados y tejidos llamada El Coloso.

El sector fue reconocido con ese nombre desde finales del siglo XIX y gran parte del XX. Ambas industrias fueron propiedad de la familia Redo, y fueron una realidad de estrujante actividad creadora, fuentes de trabajo para una ciudad en ciernes, pero que la Revolución cortó de tajo dejando en ruinas amabas industrias como homenaje a la estulticia.

Los Redo también eran propietarios de las quintas de mangos que se extendían desde el punto mencionado, incluyendo todo el terreno del parque Constitución y los sectores que abarcan hasta las colonias Las Quintas y La Campiña. El poder de los Redo se extendía a Eldorado, donde también se explotaba la caña de azúcar en el ingenio de ese lugar, ampliando su poder con vastos terrenos, huertas de árboles frutales que diversificaron con cruzas de países de Europa y Medio Oriente. Los mangos y lichis, fueron sus preferidos.

El líder del clan Redo fue don Diego, hombre de mucho poder que estrechaba relaciones con el presidente Don Porfirio Díaz, y que alternaba sus influencias con el gobernador del Estado Francisco Cañedo, quién en más de alguna ocasión lo colocó como gobernante interino.

En el pueblo de Eldorado, aún existe parte de la hacienda donde la familia Redo organizaba rumbosas fiestas, comidas, cenas y saraos en los que alternaban con lo más granado de la sociedad mexicana y personajes de importancia mundial, por citar: miembros de la realeza de España, Francia e Inglaterra, y también prominentes empresarios, políticos y artistas de los Estados Unidos. De todo esto, algo nos reflejan las obras de nuestra admirada Inés Arredondo.

Ahora me referiré al cercano recuerdo que tengo de Las Quintas de los años 50. Como lo dije antes, el predio abarcaba el parque Constitución, el cerco limitante era con postes y alambre de púas, al poniente incluía la calle Sepúlveda, al sur la Rafael Buelna y en Venustiano Carranza se abría para abarcar hasta la calle Miguel Hidalgo, incluyendo los vestigios de La Aurora y El Coloso, con todo y los Arcos del acueducto; de ahí hacia el oriente hasta los límites con El Barrio, y hacia el norte topaba con la ribera del Tamazula. Era una huerta que ocupaba cientos de hectáreas con una variedad muy extensa de mangos y en menor escala guayabos, ciruelos, guamúchil, jaimitos y arrayanes.

Entrar a cortar fruta nos costaba dos pesos, y con esa cantidad tenías derecho a comer y disfrutar de todo el tiempo que quisieras permanecer en la huerta, y cortar la cantidad que pudieras llevar. Eran muchas las familias que desde muy temprano, sobre todo los sábados y domingos, hacían romería desde diversos puntos de la ciudad para disfrutar de aquellos paseos y sus frutales.

Sin embargo, no todos teníamos la posibilidad de pagar aquella, en aparente módica cantidad, porque dos pesos, eran dos pesos que costaba algo de trabajo ganarlos. Para dar una idea, con esa cantidad podías ir al cine y hasta comprar tus palomitas y el refresco. ¿Cómo ves? Por esa razón, muchos eran los que intentábamos cruzar las cercas de trampa, o sea, sin pagar.

Las huertas tenían guardianes que vigilaban. Recuerdo a uno de nombre Mateo, era un hombre de tez morena, de regular estatura, regordete y rostro fiero. Montado en una mula se desplazaba entre los árboles armado con un rifle calibre 22, y una caguayana que usaba para azotar a los atrevidos que osábamos burlar la alambrada.

En la colonia Mazatlán, la pandilla del barrio comandada por el Nandón, planeábamos la estrategia para burlar a los vigilantes de Las Quintas, mientras unos entrábamos para distraer, otros hurtaban los mangos. Aprovechábamos las madrugadas, sobre todo cuando llegaban los vientos de inicios de verano que  desprendían mucha fruta.

Mateo era el peligroso, imponía miedo. Fue en una de aquellas madrugadas, en la pandilla de El Coloso comandada por Los Pelirrojos, un par de gemelos, tan iguales como una gota de agua. Dicen que la tragedia ocurrió por un error en la estrategia. Uno de ellos sí pagaba la cuota, y el otro no, pero ambos entraban, uno por la puerta y el otro por la alambrada; el problema fue que no coincidieron en el punto a tiempo. Mateo llegó en el instante en que el trampero brincaba la cerca, y éste, seguidos de dos más, empezó a correr entre la arboleda; el vigilante sobre su mula blandía la caguayana, en eso apareció el gemelo retando al guardia, éste se confundió pero también se enardeció con aquello que le pareció una burla. Corría tras uno y luego tras el otro, sacó el rifle cuando ambos muchachos desesperados corrían hacia la salida; entre resuellos gritaban: ¡Corre, carnal, corre! ¡Mateo nos va a matar, corre!… ¡Púm! El sonido de la bala se cortó, señal que había dado en el blanco y uno de los pelirrojos cayó. Mateo bajó de la bestia y de inmediato, con la destreza del campirano lazó al joven que enmudecido miraba revolcarse a su hermano que había recibido el balazo en la espalda. El vigilante no tuvo misericordia, amarró a un árbol al doliente, mientras tras la cerca la gente gritaba: ¡Llamen a una ambulancia!

Llegó la ambulancia y enseguida La Perica con cuatro policías. Se llevaron al herido al Hospital Civil y a su hermano a la comandancia. Manuel el Pelirrojo  quedó condenado a una silla de ruedas, mientras que Miguel, el otro pelirrojo, se hundió en el alcohol. Mateo desapareció.

leonidasalfarobedolla.com

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