mayo 11, 2021 4:35 AM

El regreso de la figura

espejo

Dr. David Uriarte

Tofo tiene una figura y una forma. Hasta lo amorfo tiene figura. La forma corporal del obeso se pasea por su mente y por la mente de los otros. Mientras la mente del obeso lo engaña con voces alentadoras y ambivalentes de “no pasa nada” o “ya no tengo lucha”, la mente de los otros se regocija en la comparación, en el discurso de “yo estoy gorda(o) pero él o ella está peor”.

Lo que vale al fin, es la representación corporal que se tiene en el concepto de autoimagen. La disparidad entre cómo me veo, como me ven y como estoy, es la ecuación matemática de la figura corporal. Al margen de consideraciones médicas, la representación mental de la figura corporal refleja la verdadera sintonía de la persona con ella misma, es decir, su autoaceptación.

La sonrisa del obeso es tan auténtica como la sonrisa del sano, los prejuicios de lo esperado socialmente es la punta de lanza del estigma lapidario cuando la mirada se posa en la figura del obeso.

No se puede negar el bienestar transitorio del obeso, ni las consecuencias funestas del desequilibrio calórico.

Regresar a la figura original, regresar a la salud física y mental es el objetivo inmediato y perenne del obeso. Hablar de bienestar en el obeso suena a vituperio, sin embargo, la obesidad se origina en el cerebro como una adicción y en este sentido genera un bienestar transitorio.

Las consecuencias son funestas e incluso fúnebres por la obviedad del desgaste en la salud. Regresar a la figura original es parte de la inmediatez simplista de una fantasía y una magia redentora empujada por el miedo, la culpa y la vergüenza del obeso.

El deseo inmediato se convierte en perenne al prolongar el inicio de las acciones que regulen y frenen el metabolismo desbalanceado del obeso.

Regresar a la figura original es el sueño humano de cualquier obeso, lograrlo es la hazaña inhumana de pocos. Lo inhumano se reduce a superar las pasiones propias de un vicio arraigado en el cerebro y aprendido en el tiempo.

Para reconciliarse con el espejo, hay que reconciliarse con la figura, y la figura debe golpear fuerte a la representación y a los significados para derrumbar la idea de “no pasa nada”.

El regreso de la figura es la sombra esquizofrénica del obeso, siempre la ve venir pero nunca o casi nunca la materializa. El regreso de la figura es al mismo tiempo una esperanza y una amenaza. Una esperanza de ver lo que se fue (la figura sana y escultural) y una amenaza de cambiar el placer por el sufrimiento al no satisfacer al cerebro a través del paladar obsesivo. Por eso el regreso de la figura se convierte en una novela que pocos terminan de leer.

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