mayo 15, 2021 8:06 PM

La Catedral: Punto de nostalgia VI

catedral 4

Leonidas Alfaro

La Catedral de Culiacán, donde se venera a nuestra Señora del Rosario, muestra en su parte alta, al centro, a nuestro perenne guardián: San Miguel Arcángel. El conquistador don Nuño Beltrán de Guzmán fundó La Villa de San Miguel de Colhuacan, el 29 de septiembre de 1531.

Declaró que tal acción era en nombre de la Real Corona Española, cuyo mandamás era el rey Carlos V., y él como representante directo del rey, se declaró señor y único gobernante de estas tierras.

Para confirmar aquella proclama, por cualquier pretexto ordenaba cortar la nariz y las orejas a los aborígenes Tahues, a quienes también consideraba como sus esclavos. Pero hubo uno que no aceptó tal imposición: Ayapín. Su estirpe guerrera se impuso y pronto escapó del yugo español. Una noche, junto con un pequeño grupo, prendió fuego a una troje; aprovechando el desbarajuste que armaron, montaron caballos y se perdieron en la oscuridad.

La pandilla aquella pronto fue creciendo y Ayapín cobró fama porque siguió asaltando otros asentamientos que los conquistadores tenían en diversos lugares de la región. Su fama de salvador de indígenas creció tanto, que don Nuño se vio precisado a solicitar refuerzos.

Francisco Vázquez de Coronado se hizo presente ante Beltrán de Guzmán y pronto idearon estrategias para atrapar al indio. Batallaron porque Ayapín era un estratega escurridizo que les causó muchas bajas y los hizo sufrir entre la agreste serranía que conocía como la palma de su mano, pero las fuerzas españolas se impusieron por tozuda insistencia y porque tenían armas de fuego, armaduras y mejores caballos. Llevaron al indio ante el conquistador y éste decidió dar un escarmiento ejemplar; ordenó convocaran a la población so pena de llevarlos a la fuerza para que vieran el castigo. El lugar elegido fue precisamente el mismo que ahora ocupa nuestra Catedral.

Aquella mañana de junio, cuando el sol caía a plomo aumentando el calor y sufrimiento en la muchedumbre, fueron obligados a estar presente los más indígenas Tahues, algunos Xiximis y Mayos: niños, jóvenes, mujeres, ancianos y hombres; los soldados españoles armados con arcabuces y lanzas, imponían el terror, reflejado en aquellos rostros de nuestra llamada raza de bronce.

Ayapín fue colocado al centro de lo que entonces era un polvoriento arrabal con casas de adobe achaparradas que formaban callejones; él estaba amarrado de piernas, brazos y cabeza atados a briosos caballos. Los tambores y trompetas sonaron para anunciar la presencia de don Nuño, quien presentaba un rostro fiero; su estatura se acentuaba por su imponente vestuario adornado con hilos de oro, casaca de bronce, casco color aluminio con incrustaciones de piedras preciosas; lo mismo lucía el mango de su gran espada envainada en funda de piel.

Acompañado por tres curas, cada uno con una cruz de ligera madera y diez soldados armados con ballestas y arcabuces, subió a un templete de madera construido ex profeso. El calor aumentó con un viento caliente que llegó desde el valle.

Don Nuño echó una mirada al panorama dando cuenta que todos los indios permanecían agachados, excepto el condenado que le sostuvo la mirada, ello lo hizo enojar y con un movimiento rápido, sacó su espada y con ella dio la señal; los caballos fueron azotados a un tiempo y arrancaron desmembrando al valiente guerrero. Los corceles, espantados por los gritos aterrados del colectivo, se llevaron los miembros y la cabeza de Ayapín esparciendo su sangre por los callejones del villorrio llamado Colhuacan. Con este macabro acontecimiento quedó sembrada la violencia que desde siempre, como un maleficio eterno, se ha impuesto en nuestra ciudad.

Don Lázaro de la Garza y Ballesteros, siendo Obispo de la Diócesis de Sonora y Sinaloa en 1838, llegó a la entonces Villa de San Miguel de Culiacán, que apenas rebasaba los 8 mil habitantes, y de inmediato inició una serie de obras que empezaron a dar forma a lo que ahora tenemos, una ciudad con cerca de un millón de habitantes.

Y es nuestra Catedral, cuya construcción inició don Lázaro a mediados del siglo XIX, un permanente testigo de los avances de nuestra metrópoli, pero también de la barbarie que no ha terminado desde aquel horrendo sacrificio.

Es allí, en sus escalinatas, donde personajes como Lupita La Novia de Culiacán lanzaba a grito abierto sus pesares, para después ingresar a la iglesia y rezar ante nuestra Señora del Rosario, así como lo han hecho los agricultores, pilares de nuestro desarrollo; también industriales, comerciantes, empleados, profesionistas, campesinos y obreros; hombres y mujeres que día a día se esfuerzan por una mejor convivencia.

Es por eso que nuestra Catedral ha sido escenario donde políticos y líderes de diversas causas realizan mítines y manifestaciones para exponer sus motivos; como una muestra de tales acciones, una estatua ecuestre del General Antonio Rosales, quien defendió el honor de nuestra patria enfrentado a los invasores franceses en la famosa batalla de San Pedro, luce en la plaza a la margen derecha de la iglesia.

En la margen izquierda se encuentra la del ingeniero Jesús Manuel Clouthier del Rincón, un ciudadano que entregó su esfuerzo y su vida, para demostrarnos con su reciedumbre y tesón, que la mayoría de los mexicanos, en particular los sinaloenses, somos gente de paz y de trabajo; y emulando a Ayapín, no debemos permitir el abuso y la injusticia.
leonidasalfarobedolla.com

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