mayo 10, 2021 3:29 PM

El templo de La Lomita

la lomita 4

Punto de nostalgia IV

Leonidas Alfaro

Mónica y Fabián llegaron al pie de la escalinata y tomados de la mano iniciaron el ascenso; de cuando en cuando se miraban y sonreían, sin duda felices por aquel amor que los unió desde el momento en que se conocieron. Llegaron al templo, se persignaron y caminaron hasta el pie del altar. Después de rezar en silencio, salieron; un aire fresco los obligó a pegar sus cuerpos, se dieron un beso suave y se encaminaron hacia el barandal para admirar el paisaje. Inmersos en el embeleso que les provocaba el inmenso valle, la incipiente ciudad y las montañas; lejanos estuvieron de darse cuenta de aquellas miradas perversas que los acechaban.

La virgen de Nuestra Señora María de Guadalupe, en Culiacán, es venerada en muchas iglesias, pero sin duda, La Lomita es el lugar donde más  le visitan los sinaloenses, un ícono que distingue a la ciudad, ubicado al sur de la avenida Álvaro Obregón, justo en su parte más alta ahora rodeada de moderna urbanización.

Es necesario echar en retroceso la imaginación para intentar exponer un paisaje agreste y desolador; así era el entorno de aquella iglesia. A la distancia la recuerdo lejana, sombría. Era una construcción de ladrillo rústico, sin recubrir, con un campanario de una sola pieza, un arco coronado por una cruz de acero pintada de negro. Al ocultarse el sol, la sombra de aquel extraño edificio se extendía formando una mancha que arropaba la parte oriente hasta confundirse con el manto de la noche.

El tañido que convocaba a los feligreses apenas si alcanzaba las primeras casas de la incipiente ciudad de aproximadamente 60 mil habitantes; largo era el trecho que habría de salvarse para llegar caminando por veredas entre arbustos y nopaleras. Al llegar a la cima, el visitante daba cuenta de la única calle que comunicaba a la ciudad, la avenida Obregón, un camino de tierra limitado con cercas de alambre de púas que protegían parcelas de sembradíos y ganado, desde la escalinata hasta la calle 2 de abril, ahora bulevar Zapata.

Estaba pues, La Lomita ubicada en aquella cima increíble, en un monte de nadie, tupido de matorrales entramados con cardones, cactus, ceibas, amapas, ébanos y rocas, donde cazadores furtivos se atrevían a explorar en afán de lograr una liebre, un conejo o un panal; a riesgo de encontrarse con alimañas, víboras o animales de uña.

La noticia cimbró a nuestra ciudad capital, en aquellos años de inicios de los sesentas. Aun eran tiempos de tranquilidad y solvencia moral de una sociedad entregada al trabajo. En la parte norte de La Lomita, en la falda de un cerro, fue encontrada la pareja de novios que desde horas antes había desaparecido. Él, con el rostro descompuesto por el sufrimiento y la impotencia; su cuerpo tasajeado y mutilado de su miembro viril. A cincuenta metros de distancia estaba Ella, golpeada salvajemente con piedras, acuchillada y violada. Un cuadro horrendo producto de mentes desviadas, empujadas por el odio emanado de malsanos instintos. Según dijeron los investigadores, ella libró la distancia aquella con dirección hacia la capilla; posiblemente impulsada por el ansia de encontrar auxilio, o tal vez, el refugio de La Guadalupana.

Las especulaciones sobre el crimen eran manifiestas con desprecio, coraje y reclamos de justicia. En menos de 48 horas, en los mercados, cafés, fondas, plazas, centros de trabajo y estudio, la voz colectiva comentaba sobre la personalidad del culpable intelectual.

El raciocinio colectivo tejía entre una y otra opinión, basados en hechos que  provocaron la envidia de un semidiós, inflado de soberbia y poder. Afirmaban: no resistió el rechazo y la felicidad manifiesta de la pareja provocó su ira.

Las autoridades realizaron las pesquisas y detuvieron a los presuntos “chacales”. El escándalo subió sus decibeles cuando apareció el nombre de aquel personaje en la prensa: Filemón, nada menos que el periodista más influyente y consentido por el estado. Sus secuaces: cuatro soldados cuyos nombres se pierden en pátina del tiempo.

Pero a pesar de las evidencias comprobadas, el asesino, perteneciente al cuarto poder, fue amparado por otras influencias poderosas, entre ellas la del mismo Gobernador del estado, quien lo protegió —posiblemente para demostrar la fuerza de su imperio— y no escatimó recursos para persuadir a sus lacayos, quienes con ligereza, dictaron la libertad de los indiciados por falta de pruebas.

Ese proceder dejó una mancha cuya estela ha servido para que rufianes de diversa estirpe y ralea sigan pisoteando la ley. Desde entonces, la violencia y la impunidad han impuesto la injusticia en esta ciudad, donde los feligreses no pierden la esperanza, y fervorosos encaminan sus pasos a La Lomita para pedir a la Virgen interceda ante Dios topoderoso, para que los proteja y permita conservar la casta culichi en aras de engrandecer y hacer valer la ciudad, venciendo adversidades y sacrificios.

leonidasalfarobedolla.com

 

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