mayo 13, 2021 10:17 AM

Punto de nostalgia II: La estación del Tacuarinero

el tacuarinero
Allí, donde ahora se encuentra el monumento al Soldado Desconocido, por el bulevar Gabriel Leyva Solano, esquina con la avenida Andrade, estaba aquella famosa estación. Recuerdo era una edificación enorme de ladrillo, con un techo volado de láminas de zinc, que abarcaba la gran banqueta donde los viajantes nos abigarrábamos, sea para subir a la Autovía, o ver como llegaba la locomotora echando espeso humo negro que nublaba su sendero; no era por el esfuerzo de arrastrar furgones cargados con sacos de azúcar que traía del Ingenio La Primavera, Costa Rica y Eldorado, sino porque era máquina de vapor alimentada con carbón. La fiesta más rumbosa del lugar era cuando del tren bajaba el circo: elefantes, camellos, tigres, payasos con su charanga, malabaristas y magos, quienes daban una función pública al llegar, para luego se instalarse en un baldío cercano. Pasear en la Autovía era algo especial, era un vagón estilizado, pintado de rojo, con ventanas de cristal que permitían ver y que nos vieran.
Viajar a Navolato era una experiencia de alegría, pues mirábamos pasar los árboles de mango y aguacate, los campos sembrados y las vacas pastando. Al llegar a las estaciones de Aguaruto y San Pedro se armaba un jolgorio por la subida y bajada de viajantes, y más por los vendedores de tamales, pirulines, cocadas, empanadas, frutas de estación, y claro, no podían faltar los tacuarines.
A la derecha de la estación estaban unos grandes almacenes, donde ahora está la tienda Diarte y empieza La Plaza Ley; sobre espuelas hacían entrar a los vagones para descarga y carga de azúcar. Siguiendo hacia el oriente, las vías comunicaban con galerones donde había talleres en los que daban mantenimiento a locomotoras y Autovías, eran dos; una que iba, y otra que venía; esa área era oscura por la intensidad de pilas llenas de chapopote.
El parque Revolución era un punto muy importante de la ciudad, intensamente arborizado, tenía equipos para ejercitar, juegos para niños, la nevería del Tanis, y una alberca semi-olímpica equipada con trampolín de tres niveles, el más alto, de mínimo 6 metros. Había un clavadista muy famoso, el Viruta, de baja estatura y cuerpo atlético, que presentaba músculos hasta en las orejas, pero sobre todo, era un fenómeno en eso de aventarse clavados; en aquellos años tuvimos a Joaquín Capilla que llegó a ganar la medalla de oro en los juegos olímpicos, pero el Viruta no se quedaba atrás. Nos divertía con sus florituras aéreas, y el público le aplaudía a rabiar.el tacuarinero 3
Donde ahora está la escuela Jesusita Neda estaba el cuartel militar, por cierto, de caballería. Era impresionante ver los desfiles con aquellos caballos de buena alzada, bien cepillados; soldado y bestia imponían una figura elegante y gallarda. Todavía me estremezco al recordar la tarde del incendio; las llamas de los galerones del cuartel alcanzaron varios metros, pero lo que me hizo temblar fue ver a los caballos desaforados con las crines y colas en llamas. El siniestro provocó el cambio.
Contiguo al panteón civil vivía don Chayo el arañero. Era un hombre extraño, soltero, que gustaba de parrandear. Tenía una yegua blanca, hermosa a la que llamaba Paloma; su pareja era un alazán, fuerte y avispado; ambos eran la fuerza motriz de la araña. El vehículo lucía pintado con sus asientos relucientes. Un día la yegua parió un potrillo, salió al alazán con un rombo blanco en la frente, por eso don Chayo le puso Lucero.
La tragedia sucedió una tarde, ya casi expirando el sol; los rayos amarillos cambiaron a naranja, rojo, y pronto la luz solar se fue. Las pilas llenas de chapopote se distinguían por lo que eran: una trampa, pues no había nada que delimitara el espacio entre suelo y pilas, además, las vías de un lado y otro provocaban peligro. Muchos fueron los que tuvieron malos momentos al caer en esas fosas. Esta vez fue Lucero. Don Chayo andaba quien sabe dónde; la yegua desesperada por la ausencia de su cachorro, saltó las trancas y fue en busca de su crío. El olor la guió hacia él, en la oscuridad empezó a relinchar y pronto recibió contestación; el olfato la puso frente al potrillo; en la oscuridad logró captar su silueta, y su instinto maternal la lanzó. El pequeño apenas sacaba la cabeza del espeso alquitrán, y su madre, con su cabeza lo empujaba en el vano intento de levantarlo, pero en lugar de eso; se hundía. Paloma, desesperada, lanzaba dramáticos relinchidos, y una, y otra vez embestía; su esfuerzo fue inútil.
Al día siguiente, un niño llegó hasta la puerta de don Chayo; el hombre había tenido tal borrachera que fue difícil despertarlo. Al enterarse de la tragedia, corrió como loco hacia las pilas, el cuadro que vio lo dejó mudo, luego reaccionó con un grito de intenso dolor. Paloma yacía recargada a un lado de su crío que apenas asomaba una oreja.
Don Chayo, aquel día estuvo allí, recostado sobre deshechos del ferrocarril; la gente lo miraba y nadie se atrevió a profanar su silente dolor; mantenía sus ojos puestos en la penosa escena; las lágrimas dejaron una huella sobre sus mejillas; llegó la noche a tender su manto sobre el siniestro lugar, aquella vez más negro que nunca. No se supo a qué horas don Chayo enganchó el Alazán a la Araña, y ni a donde fue; lo cierto es que, en las noches siguientes, por el rumbo se escuchaba su grito que arengaba al Alazán y clamaba por Paloma. El misterio se agravó cuando una mañana de invierno, por el rumbo de La Lomita, envuelta en espesa neblina, un carbonero encontró desbarrancada La Araña, al Alazán atravesado con una estaca, pero de don Chayo; nada. A partir de entonces, algunas personas dicen escuchar los relinchidos de la yegua y los lamentos de su dueño.
leonidasalfarobedolla.com

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