mayo 11, 2021 7:56 AM

Vicente Leñero, su visión del periodismo

Leñero
El periodista Vicente Leñero, de 81 años, falleció en su casa el pasado miércoles a las 9:00 horas a causa de un cáncer pulmonar. El jueves, la urna con las cenizas del escritor fue recibido con un minuto de aplausos en el Palacio de Bellas Artes, donde se le rindió un homenaje al que asistieron familiares, colegas y personalidades de la comunidad de teatro, cine y literatura.
A la par de periodista y escritor, Leñero fue dramaturgo, cuentista, y guionista, así como fundador con Julio Scherer García de la revista Proceso, donde fue subdirector de Información de 1977 a 1998.
Estudió ingeniería civil en la Universidad Nacional Autónoma de México para darle gusto a su padre, y posteriormente periodismo en la Escuela Carlos Septién García, por gusto propio.
Como guionista de la pantalla grande y asesor de un sinnúmero de realizadores y guionistas, Vicente Leñero resaltaba que era difícil escribir teatro, cine, novela, radionovelas o telenovelas “porque cada género tiene exigencias diferentes”, pero en cuanto a las películas, “casi todas son una adaptación del guión (‘el cual sufre muchas modificaciones en el rodaje o edición’), y en su caso del guión adaptado:
“Entonces uno siempre está distante del fenómeno cinematográfico. Uno se reconoce más o menos en un guión, pero yo muchas veces digo: Este guión no era así, ¡Tal vez es mejor!…”. Su pasión por el cine surgió a muy temprana edad, porque la familia Leñero Otero era devota del cine mexicano.
También como Felipe Garrido, Adolfo Castañón, Ignacio Solares, Julieta Egurrola, Blanca Guerra, Arturo Beristáin y Enrique Singer, entre otros.
En el homenaje, montaron guardias de honor integrantes de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Compañía Nacional de Teatro y de la Sociedad Mexicana de Escritores, y a acudieron también lectores y admiradores del autor de Los albañiles.
Durante la ceremonia de la entrega del premio Manuel Buendía por su trayectoria periodística, en 1994, el subdirector de Proceso dio lectura al texto que se transcribe a continuación y que llevó como título original: No está llamado el periodismo a resolver las crisis; está llamado a decirlas:
“El periodismo es trabajo sinfónico de equipo, es la búsqueda necia, emprendida entre todos los que forman un grupo, por desatar los nudos del mundo que vivimos. No es tarea individual, ni jamás el desplante inspirado que produce de pronto una obra redonda —como sucede a veces en el arte— para ponerse luego a dormir en laureles. Tampoco es cosa de sentarse a afinar durante meses un trabajo reporteril: a pulirlo y acabarlo hasta el punto final que nos entrega a la satisfacción o al sueño de que ahí quedó fijado para siempre. ¡Qué va!
“El quehacer periodístico es talacha de urgencias, neurosis de presente, pasión por el instante que nos parece eterno a la hora de dar con la noticia y atrapar el secreto de un gran descubrimiento, pero que se diluye pronto, apenas lo entregamos a la voracidad de esa vida que nunca se detiene y que se traga todo: los hechos, las palabras de un hombre entrevistado, el llanto por un grande que se muere, la situación insólita de ahorita que mañana ya a nadie le sorprende.
“Todos sabemos: la noticia de hoy sólo dura este día; se volverá envoltorio al otro, o trapo para vidrios, o cenizas o basura. También el reportaje se muere con todo y sus palabras calientes por más que lo soñábamos una novela clásica. Y hasta esa audaz portada de la revista semanaria que repensamos tanto y que dijimos órale, se va quedando atrás al poco rato sepultada entre otras, y otras, y otras cien enfiladas por la banda sin fin, inalcanzable, del quehacer periodístico. Como obra individual, poco queda intocado que importe a lo que importa el periodismo, que es el registro del instante. Lo que importa si acaso —e importa mucho, la verdad— es el camino, la voluntad constante, el fatigoso ir descubriendo durante años, paso a paso, noticia tras noticia, reportaje sumado a reportajes, columnas, entrevistas, la cambiante manera en que la realidad presenta sus conflictos, problemas, contradicciones, signos. No está llamado el periodismo a resolver las crisis —qué falacia—; está llamado a decirlas, a registrar su peso, a gritar qué se esconde, qué se oculta o simula, cómo duele la llaga, por qué y cómo y a qué horas, desde cuándo y por dónde se manifiesta el yugo que oprime esta vida social. Más que ir en busca de la verdad, como suele decirse cayendo en el gazapo filosófico, lo que sale a buscar el periodismo, de momento a momento, es la profunda entraña, el desgarrado cuerpo de nuestra realidad. Ese es el objetivo: la realidad a secas. Monda y lironda. Desnudita y completa, lo mejor que podamos fotografiarla a punta de noticias, de indagar lo que saben los que saben, de testimonios y documentos y pareceres sustantivos, de pregunta metiche y cuchillo que punza donde duele porque algo hay si eso sangra. La realidad.
“No es tarea para sueños de permanencia histórica, ni vocación de quienes buscan celebridad eterna. Es oficio de hombres actualísimos que a dentelladas muerden el presente y se mueren con él. Como el teatro, que vive y se consume en el lapso que dura cada función, el quehacer periodístico es por definición efímero. Y grandioso, si vale la palabra, tal vez por eso mismo: por su fugacidad. De un trancazo directo el reportero con su noticia de hoy, y mañana ya es otra la exigencia: otra noticia, otro trancazo, otra vuelta a indagar y a buscar y a descubrir miserias y grandezas. No hay descanso ni gloria permanente. Hay exigencia de humildad, de aceptar con modestia la pequeñez humana ante lo inmenso que nos resulta siempre el monstruo inabarcable de la maldita realidad.
“Pero hay camino, trayecto en la secuencia, y el periodismo a veces se nos convierte en causa. La causa de una larga faena vivida y trabajada en lo común. Nadie está sólo haciendo periodismo. A nadie deslumbra el brillo de las estrellas solitarias. Esa fe ya pasó. Otra vez, como en el teatro, el periodismo se ejerce en colectivo. Entre pocos o muchos o muchísimos se construye un periódico, se hace surgir una revista que se arraiga y se expande con el tiempo sólo por gracia de la pasión común. Y la causa que habita en ese cuerpo múltiple es la chispa que logra entreverarnos en un destino largo, más allá de la vida y el proyecto individual de cada quien. Eso sí permanece: el espíritu en grupo como manera de trabajar a diario sin volver hacia atrás: la vocación por lo inmediato de todo periodista nos dispensa de errores cometidos en el papel de ayer que se volvió basura y nos impulsa a fuerza, inevitablemente, a seguir trabajando en vistas al futuro cercano que es el día de mañana o la semana próxima. No más allá. No hay modo de averiguar qué pasará después. Que no le pidan, por Dios, al periodista visiones de profeta. El vive el día de hoy, y ese lapso pequeño es su parcela, su religión, su centro, y se acabó.
“Subrayo, el periodismo es trabajo sinfónico de equipo, es causa colectiva de quienes juntos intentan escarbar más a fondo, más a fondo, las entrañas hondísimas, sensacionales siempre, de nuestra oscura realidad.
“Eso quiero decir, entre obviedades y reiteraciones, hoy que me fuerzo a recibir en mi Guadalajara un distintivo que me rebasa en todo lo que soy. La vida me obligó a ser periodista, y el periodismo me entregó una vida que comparto entre todos los que hacen más vida esta vida que vivo: mi mujer y mis hijas, mis compañeros amigos de trabajo y mi jefe: más hermano que jefe, pero ni modo: corazón de mi pequeña historia periodística”.
 

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