mayo 15, 2021 8:31 PM

El descobijo social; Odile, el sacudión que despertó los bajos instintos

EL AGANDALLE. Empresarios, funcionarios y población se despacharon a placer.
EL AGANDALLE. Empresarios, funcionarios y población se despacharon a placer.

Leónidas Alfaro
Hoy 12 de octubre de 2014, se cumplen 27 días de la tremenda zarandeada que nos dio el huracán Odile. La verdad es que es mucho lo que al respecto se ha dicho a lo largo de todos estos días. Los medios periodísticos y los electrónicos han abundado en comentarios que van desde lo chusco a lo dramático.
Lo cierto es que el sacudión no fue para menos. Fueron poco más de 10 horas las que estuvimos a merced de una tormenta que nos atormentó como si fuésemos castigados por un mandato supremo. No sé si lo merecemos o no, porque el castigo fue parejo, aunque claro, existen aquellos que tuvieron la suerte de estar bien protegidos, sobre todo los que tuvieron la feliz idea de irse; algunos muy patriotas a Las Vegas, Nevada, fueron a escuchar El Grito, mexicanos que sienten el fervor patrio hasta el tuétano. Como era domingo, algunos que habían agarrado la jarra desde temprano, ni cuenta se dieron del ciclón; fue hasta la mañana siguiente que amanecieron sin techo, sin luz, sin agua, sin comida, y hasta sin mujer y chamacos, pues se habían ido con los compadres que tuvieron compasión de cobijarlos. Hay luego de levantarse uno de aquellos, salió a la calle y lo que vio, lo sorprendió a tal grado, que hubo de tocarse para convencerse de estar vivo y aceptar lo que miraba: ¡El caos! casas sin techo, empezando con la suya, calles llenas de postes tirados, cables, láminas, arbotantes, anuncios, árboles, palmeras, y un sin fin de cosas más. Y lo peor, gente con cara de locos y algunos hasta llorando.
Horas más tarde, cuando por fin pudo contactar a su familia, la cruda y el remordimiento de la culpa lo hicieron explotar. A grito abierto, jimoteando, pidió perdón a cada uno de sus hijos, a su mujer; a sus compadres les agradeció, con lágrimas verdaderas, aquella muestra de solidaridad. Luego de haber tomado conciencia de la situación, pudo entender aquellas palabras:
—Compadre, tenemos que buscar comida, agua y algo de ropa.
—Sí compadre, vamos al súper.
En las calles miraron como la gente andaba inquieta; se movían rápido, algunos hasta corrían, hablaban en voz alta; eran muestras de zozobra, de incertidumbre, de miedo.
Al llegar al centro comercial, la muchedumbre ya había derribado las puertas y el saqueo empezó. Los compadres no atinaban que hacer, se miraban interrogantes; miraban como salían gentes con bultos de comida, ropa, y algunos enseres de cocina; pero luego electrónicos, muebles y motocicletas. Lo que hizo determinar su actitud a los compadres, fue cuando vieron que un par de policías sacaban un altero de pantallas de plasma y un cartón lleno de celulares y los echaban a una patrulla. Sin mediar palabras, los compadres entraron al lugar y pronto salieron con carretillas llenas de comida y ropa. Envueltos en aquella demencial rebatinga, se olvidaron de escrúpulos y se dejaron llevar por la locura colectiva.
Sus hijos fueron los primeros en sorprenderse por los carritos del súper, llenos hasta el tope, luego las esposas los atiborraron de preguntas y aquello se convirtió en una perorata, de pronto, inexplicable por lo confusa. Al rato, los compadres comprendieron que habían sustraído cosas que no necesitaban; como aquella botella que contenía una extraña salsa, un descorchador y hasta una cacerola de aluminio para budines, cosa que jamás habían visto. Cuando las esposas y sus hijos se entretenían con algunos objetos, uno de ellos abrió una botella de tequila; al cuarto trago, uno de los compadres sacó un teléfono celular y orgulloso lo mostró; en respuesta, su ahora compinche, le enseño una tablet. Los tragos que siguieron, les sacó las palabras, que uno y otro, se habían escatimado.
-La neta, compadre. No sé… pero siento que lo que hicimos no está bien.
-Lo mismo pienso compadre, pero es que al ver aquellos compas que sin ningún recato sacaban todo lo que podían, pues…
-Se refiere compadre, ¿a los policías?
-Sí, y también a los de Protección Civil. Ellos llenaron dos camionetas y hasta se llevaron motos y cuatri-motos.
-Pues sí, compadre, pero nosotros no somos de esa calaña. No sé usted que haga, pero yo, mañana devuelvo todo.
Este caso, que no tiene nada de invento, es uno de los miles que se suscitaron desde el momento mismo en que el huracán llamado Odile, entró a tierras Cabeñas. Ya se ha dicho, el sacudión que nos dio, nos descobijó como sociedad. Puso al descubierto muchos casos, graves la mayoría; empezando porque las autoridades locales y demás instituciones no están preparadas, según quedó demostrado, para resguardar la seguridad de la población. Grave asunto, considerando que aquí es un destino turístico. También se descobijaron a los empresarios, que en contubernio con malos funcionarios, han desarrollado fraccionamientos ubicados en zonas prohibidas, fabricando además, obras de mala calidad. Los expendedores de gasolina, lejos de considerar a la población, la explotaron vendiéndoles litros de 800 mililitros, y lo peor, el Delegado de PEMEX en el Estado, los premio condonándoles el valor de la gasolina y diesel vendido durante la semana que siguió al meteoro, esto, según dijo, para que resarcieran los destrozos del vendaval. Como podemos afirmar, los malos elementos incrustados en los gobiernos, se despacharon a placer. Y la pregunta es, ¿y los buenos gobernantes, dónde están?
La catarata de frases y expresiones, aduladoras las más, que intentan sepultar esta realidad, sin duda seguirá. Ojalá que la reacción hacia la verdad aflore, y nos permita ser más realistas; los designios del Todopoderoso, por ser justos, llegan; esperemos que no nos vuelva a sorprender con un castigo más doloroso. Este paraíso, llamado Los Cabos, no se lo merece.
leonidasalfarobedolla.com

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