El lenguaje auténtico de Ramón Rubín

 

En sus escritos se plasman los paisajes, hábitos, labores, olores y decires de la vida rural

Ramón Rubín Rivas, escritor, nació el 11 de junio de 1912 en Mazatlán, su padre era de origen español, en un tiempo de su niñez lo llevó a vivir a la madre patria, pero regresaron cuando Ramón tenía 13 años. Por la actividad comercial del padre, el joven tuvo la oportunidad de viajar y conoció de punta a punta el país. Sostenía: “Yo nunca he sido un escritor de café o de gabinete; mi obra está inspirada en mis continuos viajes”.

Autor de 30 novelas, no se sabe cuántos cuentos ni tampoco de sus intervenciones periodísticas, sucedió que Ramón Rubín fue uno de esos escritores que no le importó el glamur, ni la publicidad, sin embargo, sus obras lo ubican como uno de los grandes escritores mexicanos.

En 1994, fue galardonado con el premio de las Américas de la Asociación de Libreros Nuevo México, en 1995 con el Sinaloa de Ciencias y Artes y en 1997 con el premio Jalisco. De sus novelas más leídas, puedo citar cinco que fueron motivo de reconocimiento nacional e internacional: Dónde mi sombra se espanta, Cuando el Táguaro agoniza, Navegantes sin ruta, El callado dolor de Tzotziles y El sino de la esperanza.

Algunos críticos comentaron que Ramón Rubín tenía un estilo parecido a Ernest Heminguay. El escritor José Ignacio Gracia Noriega opinó que su estilo se asemejaba más al de Blaise Cendras o Bruno Traven. En lo personal, le encuentro un aire cercano a Juan Rulfo. Las novelas Pedro Páramo y Donde mi sombra se espanta, tratan un tema muy parecido, una y otra, tienen tal rango, que no sabría a cuál darle el premio.

La SEPyC, COBAES y DIFOCUR, en el año de 1998 crearon un libro que debe estar en la biblioteca de los buenos lectores, me refiero a Desde el mar a las alturas, una obra estupenda bien editada por Juan Esmerio Navarro, bajo el cuidado de la maestra Maritza López, obra que incluye tres de las novelas arriba citadas, y también un estupendo comentario de introducción del crítico y escritor Felipe Garrido, mismo que expongo a continuación:

“Cuenta Ramón Rubín, la accidentada historia de Donde mi sombra se espanta, y cómo esta novela, treinta y dos años después de haber sido impresa por primera vez, sale ahora al mundo, por así decirlo, en busca de sus primeros lectores.

“Lo que sí diré en beneficio de quienes, entre esos lectores, nunca hayan visto a Rubín, es que cuando lo conocí hace casi tres lustros en el Fondo de Cultura Económica en la ciudad de México, me sorprendió que vistiera de campesino. Dije mal: no vestía de campesino, era un hombre de campo. El sombrero de sollate lo puede comprar y se puede poner cualquiera; las manos nudosas y la mirada recelosa de Rubín no se compran; se van ganando con la vida y las faenas. Aquellas veces en que Rubín se asomó al Fondo, a fines de los sesenta, su interlocutor fue siempre, por razones de amistad y de semipaisanaje, mi maestro Alí Chumacero, yo crucé con Rubín pocas palabras. Si hubiera vencido timideces para charlar con él, habría descubierto en su habla —ahora lo sé— otro sello de autenticidad tan inequívoco como sus manos o su mirada.

“Cuando, poco después, leí El callado dolor de Tzotziles, La bruma lo vuelve azul, El canto de la grilla, algunos cuentos de indios y otros mestizos, me sentí frente a la misma clase de encantamiento: esa lengua no correspondía al habla citadina. Venía de otra parte. Lectores descuidados han llamado a Rubín folclórico, pero ese adjetivo no lo hace feliz ni le cuadra; Rubín no es un escritor folclórico, sino un escritor extrañamente auténtico.

“Habla de lo que conoce. Y eso que conoce es la vastedad de nuestro territorio. Y lo conoce desde dentro, desde el tuétano.

“En un país donde, por siglos, los escritores han sido gente de clase media y de ciudad, la irrupción de un autor rural no por los temas, sino por los hábitos de vida, por el conocimiento íntimo de los paisajes y las gentes, de las labores y los olores y los decires, es un acontecimiento inquietante, porque nos enfrenta con otra cara de la realidad. Si busco parangones o antecedentes para Rubín, tropiezo con el nombre de Luis G. Inclán.

“Como el autor de Astucia, Rubín ha aprovechado extensa y sabiamente el habla rural. Hay paisajes en Donde mi sombra se espanta, que uno quisiera ver acompañado de un glosario; la precisión del lenguaje con que refiere las faenas campiranas, en especial las relacionadas con el manejo de los caballos, descubre por sí misma una amplitud al mundo que en general ignoramos quienes hemos vivido en las ciudades. Así como Joaquín García Icazbalceta extrajo de las páginas de Inclán su Diccionario de mexicanismos, algún filólogo curioso podría aprovechar las numerosas obras de Rubín, para adicionar fructíferamente el registro de voces propias de nuestro suelo.

“Y no solo las voces, sino los personajes, los sentimientos, los hábitos, los paisanajes, los modos de vida que narra Rubín tienen el mismo sello de verdad. No nos extrañe. Quien tiene el secreto del verbo tiene el secreto de la vida.

“No demoremos más el arribo al mundo que Rubín nos ofrece. Pase el lector curioso a gozar la sorpresa de un universo que el novelista nos regala, pero que sabemos, casi todos nosotros, ajeno”.

Sólo citando el texto podía dar cumplimiento a tan importante comentario. Felipe Garrido, así se confirma como buen crítico.

Se han cumplido hoy cinco meses y siete días de la muerte de Javier Valdez Cárdenas. Juan José Estavillo y Quirino Ordaz Coppel se confirman como la dupla de la impunidad.

 

*Autor de la novela La agonía del caimán.

 

 

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