El diablo en el último paraíso

 

Rolando D’Rondón, salió de aquel antro del centro histórico de San José del Cabo; más bien, los meseros que ya levantaban las mesas, lo sacaron. En la banqueta miró para un lado y otro. Encendió un cigarrillo, dio una profusa fumada y dejó escapar el humo al desgaire, luego echó a caminar hacia el norte de la ciudad. Había caminado tres cuadras cuando el gruñir de sus tripas le hizo decidir: “voy a echarme unos tacos, porque ya me anda de hambre”.

Cruzó la Transpeninsular y calles adelante encontró aquel restaurante llamado El colgado. Luego se preguntan de dónde salen las ideas —dedujo mirando la siniestra figura de un monigote que pendía de una soga. Pidió al mesero una arrachera, queso fundido y una cerveza. Mientras le servían, paseó su vista por el lugar, costumbre de sicario previsor.

Rolando D’Rondón pagó la cuenta y volvió a tomar camino, la panza llena lo obligó a caminar con más vigor; una hora después se sintió despejado y ligero, miró el reloj: 2:43 a.m, no sabía dónde estaba, pero los grandes postes y el cableado le hizo recordar las señas recibidas: “es por un bulevar que le dicen las torres de alta tensión, ahí es la colonia El Zacatal”.

Siguió caminando una hora más, hizo un alto intentando orientarse. Era un paraje casi despoblado: “La ballena”; empezaba a dudar, alzó la vista y miró la silueta de un picacho, la montaña aquella era la señal.

Eras las 3:45 a.m. Vio una luz de neón roja, la fachada del antro y el nombre: La cueva del Diablo. “Vaya, es cierto”, se dijo, tocó su 9mm; una ráfaga de viento helado le despejó un ligero temor, decidido entró; la oscuridad le obligó a caminar despacio, miraba siluetas indefinidas, al final estaba la barra, hacia allá se dirigió, al llegar, se asombró de la inesperada presencia del cantinero que puso ante él un caballito y lo llenó; atraído por la bebida Rolando D’Rondon tomó la copa y la bebió de un solo trago, al instante el sirviente la volvió a llenar. El tipo vestía de negro, tez morena intenso, pelo engominado.

Rolando D’Rondón, algo iba a decir, pero aquella voz cavernosa lo sorprendió: —Bienvenido. —Gracias, atinó a decir, pero las orejas picudas y los dientes filosos del tipo, le provocaron una contracción en los testículos. —Por favor me… El cantinero no lo dejó terminar la frase, le sirvió de nuevo. —Salud amigo, dijo aquél alzando un caballito. —Salud —contestó nervioso.

—Soy el Diabloafirmó la voz cavernosa del cantinero, y al tomarse el caballito exhaló humo.

Rolando D’Rondón, haciendo acopio de su temple, intenta disimular simpatía: —¡Já! Algunos a mí me dicen Lucifer… pero, a ver dime, si eres el Diablo ¿por qué estás aquí, y no en el infierno?

—Esta es una embajada del infierno —afirmó el Diablo y le lanzó una mirada con fuego. La acción fue relampagueante. Rolando D’Rondón se quedó indeciso, pensando que aquello era producto de su incipiente borrachera: Ya estoy pedo.

—Cuida tu vocabulario —le dijo el Diablo con severidad en su mirada, pero Rolando D’Rondón no se amilanó.

—Sí. Pero cómo me convences de que en verdad eres el Diablo —en ese momento, Rolando D’Rondón se volvió a tocar la 9mm.

—Conmigo esa, ni otra de mayor calibre te sirve —afirmó el Diablo y volvió a producir la mirada relámpago y dejando escapar un leve olor azufrado.

—Sírveme otra… por favor —dijo Rolando D’Rondón, mirándole directo al rostro. No le quedó la menor duda, aquel tipo sí que era el mismísimo Diablo.

—Necesito que me hagas un favor –dijo el Diablo, cambiando el tono y la mirada. Y le llenó de nuevo el caballito.

—A quién debo matar.

—No, no se trata de eso. Sé que eres el mejor para despachar gente al otro mundo, pero la misión que te quiero encargar es algo muy especial.

—¡Ah! Ya sé. ¿Quieres que me robe un crucifico del señor Obispo?

—No digas idioteces. Atiéndeme sin hacer preguntas. Lo que pasa es que no encuentro la forma de cómo terminar con esta situación.

—¿A qué situación te refieres?

—Te dije que no más preguntas. Cuando decidí corromperlos, lo hice por venganza, me chocaba que ustedes, los mexicanos, fueran tan fervorosos de Dios.

El Diablo arrugó la cara, lanzó una nueva mirada rojiza acompañada con otra exhalación de azufre, y siguió:

“Pensé que llegaría el momento en que se arrepentirían, y que pronto volverían a ser la sociedad mexicana sana, creyente y trabajadora. Pero no. Ya pasaron más de veinte años y las cosas siguen de mal en peor, están acabando con el país, sólo les queda este paraíso: Los Cabos. Los narcos que una vez fueron benévolos, se han vuelto endemoniadamente salvajes, los políticos que antes tenían cierta cordura, pues robaban poquito y hasta se preocupaban por guardar las formas; ahora presumen ser los más desalmados y ladrones de la escala delincuencial, lo mismo sucede con muchos empresarios; se han corrompido y no les importa que los señalen, ahora sólo buscan riqueza y poder. La soberbia los domina. ¡Tienen el alma podrida! Pero lo más alarmante, es que los príncipes de la Iglesia también han entrado a la palestra. Se han desviado de la palabra de Dios, e intentan sobornarme”.

 Terminó quejándose el Diablo y suplicó: ¡Ayúdame! ¡Ayúdame a que vuelvan a creer! ¡Que ya detengan este desastre!

—¿Y por qué deben creer en ti?

—¡Porque yo no soy corrupto, pero sí puedo provocar una hecatombe y acabar con todos los corruptos mexicanos que ya son mayoría! ¡Eso es lo que quiero que tú difundas!

—Pero yo soy un pobre Diablo y…

—¡No hay pero que valga! ¡Empieza ya y salva tu paraíso! Gritó el Diablo, lanzó fuego y una gran bocanada de azufre que inundó el lugar.

Rolando D’Rondón salió gritando: ¡Deténganse corruptos, o el Diablo se los llevará! Grita sin cesar, trastabillando llegó hasta una parada de camiones, la gente lo escucha asombrada, pero nadie hace caso de aquel borracho…

Están por cumplirse seis meses del injusto asesinato de nuestro amigo y compañero Javier Valdez Cárdenas; Quirino y Estavillo siguen sin reaccionar. ¿A quién obedecen?

*Escritor de las novelas: Tierra blanca y La maldición de Malverde. De venta en Educal, Gonvill, México y Porrúa.

 

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