El gran showman

 

 Todo indica que del musical que se hablará mucho este año será El gran showman (The Greatest Showman/EU/2017), dirigida por Michael Gracey, aunque no se logrará decir tanto, como se hizo acerca de La la land: una historia de amor, el año pasado.

Con guion de Jenny Bicks y Bill Condon, la cinta trata de la vida de P.T. Barnum (Hugh Jackman), fundador del Ringling Brothers and Barnum and Bailey Circus, quien en las primeras décadas del siglo XIX se dedicó a integrar un elenco de personas poco comunes, logró sacarlas de la oscuridad y darles un valor, con la ayuda de su bien relacionado socio (Zack Efron). A pesar de haber quedado huérfano y en la calle, consiguió superarse y casarse con la mujer (Michelle Williams) de quien se enamoró desde niño.

La principal virtud de la película es el gran espectáculo que representan las coreografías y las canciones, en especial This is me, ganadora como mejor canción en los Globos de Oro de este año. Es claro que la intención del director es mostrar la visión que tuvo ese hombre de sacar a la luz lo que siempre estuvo escondido, llevarlo a la pista, al escenario, se reconociera, admirara, aplaudiera y remunerara económicamente.

La actuación de Jackman es muy convincente, asume a la perfección su papel como un empresario artístico, cuando se trata del aspecto económico, por la forma de convencer a quienes quiere para su show y al momento de pararse en el escenario. Lo mismo sucede como ese esposo enamorado y entregado a su mujer, de papá dedicado a sus hijas y, por si fuera poco, canta y baila muy bien. Williams no lo hace mal, pero estuvo desaprovechada y no sobresale; eso también pasa con Efron, a diferencia de que, como bailarín y cantante, no decepciona.

La historia no es el fuerte de El gran showman: de entrada, no es una original. En esencia, incluso, recuerda a Sing: ¡Ven y canta! (Garth Jennings y Christophe Lourdelet, 2016). Aquí no hay animales que participan en un concurso de canto, hay personas con una singularidad considerada extraña, que debía ser exhibida como espectáculo, pero el lugar que los productores artísticos les dieron, en los dos casos, sirvió para que los “artistas” reconocieran su potencial, valor como personas y creyeran en sí mismos. El otro parecido con esa animación es que, hacia el desenlace, los dos teatros sufren un derrumbe, lo cual no fue motivo para que bajaran los ánimos, sino al contrario: el show continuó, a pesar de todo.

El problema del filme, aun cuando no aburre y los números musicales se disfrutan mucho, es su historia demasiado superficial: no profundiza en nada y se queda sólo en la presentación de un hombre que tuvo éxito en el mundo del espectáculo, junto a un socio del cual se aborda menos y un grupo de personas talentosas y extrañas de las que se desconocen sus emociones, sentimientos, lo que les implica ser discriminados y relegados, porque su apariencia no es como la de la mayoría; el triángulo amoroso no termina de cuajar y hay personajes de los que no se justifica su presencia. Vaya a verla… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 14 de enero de 2018 en la edición 781 del semanario Ríodoce.

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